Las bacterias intestinales activan las células grasas para quemar calorías, un estudio en ratones muestra efectos prometedores

De grasa inerte a grasa 'beige' que genera calor

Una dieta extremadamente baja en proteínas, combinada con bacterias intestinales específicas, logra transformar las células grasas ordinarias de los ratones en algo parecido a una calefacción interna. Los investigadores observaron cómo el tejido adiposo, cuya función habitual es almacenar energía, cambiaba rápidamente a un modo en el que, en cambio, quemaba calorías. Este hallazgo abre nuevas posibilidades para tratar la obesidad, ampliando el enfoque más allá de la dieta y el ejercicio para incluir la composición de la flora intestinal.

El equipo investigador, liderado por el inmunólogo Kenya Honda de la City of Hope y la Universidad Keio, trabajó con ratones que recibían una cantidad muy reducida de proteínas: apenas el 7% de sus calorías provenía de esta fuente. Eso supone más de la mitad menos que en el grupo de control.

En el tejido graso de la zona inguinal, los científicos detectaron algo llamativo. Células que antes permanecían prácticamente inactivas comenzaron a producir proteínas que normalmente aparecen cuando el organismo se expone al frío. Este tipo de tejido adiposo, conocido como grasa beige, quema energía para generar calor.

En lugar de limitarse a almacenar energía, el tejido graso se convirtió en un órgano activo que consume calorías.

En ratones sin bacterias intestinales, la dieta baja en proteínas no produjo ningún efecto. Su tejido graso se mantuvo en modo almacenamiento. Esto dejó claro a los investigadores que la microbiota intestinal era la pieza clave de esta respuesta a la escasez de proteínas.

Cómo se comunican el intestino y el tejido graso

Honda y sus colaboradores descubrieron que ciertas bacterias intestinales generan señales cuando la alimentación contiene pocas proteínas. Esas señales viajan por distintas vías a través del organismo y ordenan a las células grasas que cambien su comportamiento.

  • Ruta de los ácidos biliares: los ácidos biliares modificados dirigen a las células grasas inmaduras hacia una forma beige que quema energía.
  • Ruta hepática: sustancias bacterianas como el amoníaco estimulan al hígado para que produzca más cantidad de la hormona FGF21, la cual incrementa el gasto energético.
  • Ruta nerviosa: en el propio tejido adiposo, las fibras nerviosas se vuelven más densas y activas, lo que impulsa aún más la combustión de calorías.

Cuando los investigadores bloqueaban una de estas rutas, el efecto desaparecía en gran medida. Ninguna vía de señalización resultaba suficiente por sí sola; todo depende de una interacción finamente coordinada entre el intestino, el hígado, la grasa y el sistema nervioso.

Cuatro cepas bacterianas específicas protagonizan el proceso

Tras pruebas exhaustivas con distintas combinaciones bacterianas, el equipo identificó un pequeño pero decisivo conjunto de cuatro cepas de origen humano. Solo cuando las cuatro estaban presentes simultáneamente, la conversión de grasa común en grasa beige alcanzaba su máxima intensidad en los ratones.

Los investigadores compararon muestras fecales de 25 voluntarios sanos. Aproximadamente el 40% de ellos presentaba grasa beige claramente activa. Los ratones que recibieron un trasplante de microbiota procedente de estos donantes «óptimos» desarrollaron también mayor cantidad de grasa beige. En cambio, los ratones que recibieron bacterias de donantes menos destacados apenas mostraron cambios.

El efecto no dependía de una gran variedad de bacterias, sino de un equipo pequeño y especializado.

Cuando los investigadores eliminaban tan solo una de las cuatro cepas clave, toda la respuesta se derrumbaba. Esto sugiere que los probióticos futuros, si llegan a desarrollarse, deberán ser extraordinariamente precisos en su composición.

El hígado como intermediario entre el intestino y la grasa

La influencia de la dieta baja en proteínas no se limitó a la pared intestinal. Las bacterias comenzaron a producir más amoníaco, un compuesto nitrogenado que fluye directamente hacia el hígado a través de la vena porta. Una vez allí, el amoníaco obligaba a las células hepáticas a secretar mayores cantidades de FGF21.

Esta hormona es un actor bien conocido en la regulación energética y ayuda al organismo durante períodos de estrés metabólico. Cuando los investigadores desactivaban la enzima bacteriana responsable de producir amoníaco, la producción de FGF21 caía y el tejido graso apenas activaba su modo de consumo energético.

Pequeños fragmentos de tejido hepático humano, conocidos como organoides, respondieron de manera idéntica. Eso aumenta la probabilidad de que este mecanismo no sea exclusivo de los ratones.

Qué cambia exactamente en el tejido graso

En apenas dos semanas desde el inicio de la dieta baja en proteínas, los ratones ya mostraban un aumento visible de grasa beige. Ese incremento continuaba en las semanas siguientes. Las células grasas activaban genes que normalmente se encienden con el frío, entre ellos el conocido gen UCP1, directamente implicado en la producción de calor.

En cuanto los animales volvían a una alimentación normal, el carácter termogénico del tejido adiposo disminuía. El cambio, por tanto, no era permanente. La edad, el sexo y la localización del tejido graso también influían: el efecto no era igual de intenso en todas las zonas, aunque en algunas podía ser bastante pronunciado.

El papel del sistema nervioso

Las señales procedentes del intestino y el hígado confluían finalmente en el tejido graso, donde reforzaban el crecimiento y la actividad de las fibras nerviosas simpáticas. Estos nervios son los que impulsan al organismo a consumir más energía.

Cuando esas señales desaparecían, los nervios se volvían más escasos y menos activos, y la transformación hacia grasa beige se reducía notablemente. Al administrar un fármaco que activaba directamente esta vía nerviosa, una gran parte de la quema de grasa se recuperaba incluso en ausencia del apoyo bacteriano intestinal. Así, las bacterias parecen actuar principalmente amplificando la intensidad de un sistema que ya existe de forma natural.

Beneficios para los ratones, pero con límites para los humanos

Los ratones sometidos al protocolo bajo en proteínas engordaron menos, acumularon menos grasa corporal y procesaron el azúcar en sangre con mayor eficiencia que los animales del grupo control. Con las cuatro bacterias clave presentes, también descendieron el colesterol, los triglicéridos y un marcador de daño hepático.

Parámetro Alimentación normal Dieta baja en proteínas + bacterias clave
Aumento de peso Elevado Reducido
Grasa corporal Mayor acumulación Menos grasa, más grasa beige
Tolerancia a la glucosa Menor sensibilidad Mejor procesamiento del azúcar
Valores hepáticos Perfil alterado Valores mejorados

La masa muscular y el peso magro se mantuvieron sorprendentemente bien conservados. Esto indica que los animales no estaban simplemente deteriorándose por falta de alimento, sino que se produjo un desplazamiento específico en el uso de la energía.

Sin embargo, aquí surge una advertencia importante para la aplicación en humanos. La dieta empleada en el experimento contenía una cantidad extremadamente baja de proteínas. En personas, una restricción tan drástica puede provocar pérdida de masa muscular, un sistema inmunitario debilitado y otros problemas de salud graves.

Por qué esto no es todavía un consejo dietético

Los investigadores subrayan que este estudio no es una invitación a seguir por cuenta propia una dieta estrictamente baja en proteínas ni a tomar probióticos al azar esperando perder peso más rápido. Los intentos de mejorar el metabolismo de forma estructural mediante suplementos han arrojado hasta ahora resultados poco convincentes en estudios clínicos.

Hay otro factor importante: la microbiota intestinal, los patrones alimentarios y la predisposición genética varían enormemente entre personas. Lo que en un laboratorio con ratones en condiciones estrictamente controladas funciona a la perfección, en el día a día humano se complica con facilidad. Es muy probable que solo cepas bacterianas seleccionadas con gran precisión, combinadas con una alimentación cuidadosamente ajustada, puedan reproducir el mismo efecto.

Fármacos que imiten a los microbios

Los investigadores ven el mayor potencial en medicamentos capaces de imitar las señales bacterianas sin necesidad de provocar una deficiencia proteica perjudicial. Podrían ser fármacos que potencien la producción o la acción de FGF21, o compuestos que reproduzcan los cambios específicos en los ácidos biliares.

Así se perfila una posible línea terapéutica en la que los médicos actuarían sobre una ruta que va desde las bacterias intestinales hasta las hormonas hepáticas, pasando por las células grasas inmaduras y llegando a una red nerviosa más activa en el tejido adiposo. Si esa ruta pudiera estimularse de forma segura, podría contribuir a reducir la obesidad y las enfermedades asociadas, como la diabetes tipo 2, las enfermedades cardiovasculares y ciertos tipos de cáncer.

Lo que esto cambia en nuestra visión de la grasa y la microbiota

Este estudio, publicado en la revista Nature, demuestra que el tejido adiposo es mucho menos pasivo de lo que solemos pensar. Responde a señales procedentes de la alimentación, el intestino y el sistema nervioso, y puede incluso «reeducarse» de forma significativa en la edad adulta.

Para las personas que luchan con su peso, esto no ofrece una solución inmediata, pero sí un enfoque distinto. En lugar de contar únicamente calorías, la atención se desplaza progresivamente hacia la pregunta de qué señales envía el intestino al resto del organismo. Una alimentación variada y rica en fibra que favorezca una microbiota diversa resulta, en ese contexto, más atractiva que nunca.

Para médicos e investigadores, quedan pendientes preguntas de seguimiento: ¿qué cepas bacterianas en humanos desempeñan un papel comparable al observado en este estudio con ratones? ¿Existen patrones de distribución proteica en la dieta que favorezcan el metabolismo sin llegar a una zona de riesgo? ¿Y cómo se combinan estos hallazgos con tratamientos existentes como la medicación con agonistas de GLP-1 o la cirugía bariátrica?

Quien desee hacer algo concreto desde ya puede centrarse en hábitos que sostengan una microbiota intestinal saludable: abundantes verduras y frutas, productos integrales, consumo limitado de alimentos ultraprocesados y un uso prudente de los antibióticos. Estas elecciones orientan la composición de la microbiota en una dirección que ofrece al organismo mayor capacidad para gestionar la energía de manera más inteligente.

Author

  • Begoña Pérez, conocida popularmente como La Ordenatriz, es una experta en orden y limpieza que ha revolucionado las redes sociales en España con sus soluciones prácticas para el hogar. Madre de siete hijos, Begoña comenzó compartiendo consejos basados en su propia experiencia diaria, lo que la llevó a convertirse en una guía indispensable para miles de personas. Su especialidad son los "trucos de limpieza" imposibles: cómo quitar manchas de tinta, vino o grasa usando productos económicos y accesibles. Ha publicado libros de éxito como "Limpieza, orden y felicidad", consolidándose como la máxima autoridad en лайфхаки domésticos.

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