Por qué los niños de los años 60 y 70 parecen más resilientes mentalmente que los de ahora

Cuando simplemente salías a la calle y te las arreglabas solo

Y sin embargo, casi siempre salía bien.

Hoy los niños crecen con horarios estructurados, quedadas organizadas y supervisión constante. Los padres están mejor informados que nunca, pero una nueva investigación plantea una pregunta incómoda: ¿aprendió tanto la generación anterior precisamente porque sus padres les prestaban mucha menos atención?

Quien vivió su infancia en los años 60 o 70 lo recuerda con una claridad sorprendente. Salías por la mañana, volvías cuando empezaba a anochecer y todo lo que ocurría en medio lo decidías tú. Había árboles de los que caerse, peleas que resolver por cuenta propia y largas horas sin ningún plan ni vigilancia adulta.

Según los estándares actuales, muchos padres de aquella época serían considerados negligentes. Sin embargo, entonces las cosas se percibían de otra manera. Los niños eran vistos como resistentes, el barrio como suficientemente seguro, y los padres que controlaban cada paso de sus hijos resultaban más extraños que responsables.

Precisamente ese "déjalo estar" es, según los psicólogos, un ingrediente fundamental para desarrollar la resiliencia mental. No porque aquellos padres fueran genios de la crianza, sino porque estaban ocupados con otras cosas: el trabajo, el hogar, su propia vida. Los niños, como consecuencia, disponían de espacio para construir su propio mundo.

Jugar libremente sin adultos cerca enseña a los niños algo esencial: puedo con esto, soy capaz de resolverlo.

Lo que dicen los científicos al respecto

El psicólogo estadounidense Peter Gray, vinculado al Boston College, lleva décadas estudiando el papel del juego en el desarrollo infantil. En entrevistas y publicaciones describe una tendencia muy clara: desde los años 60, el tiempo de juego libre y no estructurado ha ido reduciéndose de forma progresiva. En ese mismo período, la ansiedad, la depresión e incluso el suicidio entre los jóvenes han aumentado notablemente.

En 2023, Gray publicó junto a varios colegas un exhaustivo artículo de revisión en la revista The Journal of Pediatrics. La conclusión fue contundente: la disminución de actividades autónomas y sin supervisión en los niños contribuye de manera demostrable a los problemas de salud mental.

Los niños que juegan con regularidad sin la intervención directa de adultos aprenden, entre otras cosas:

  • a gestionar sus propias emociones, porque nadie lo hace por ellos constantemente
  • a explorar los límites sociales y resolver conflictos hablando
  • a tolerar la frustración y el aburrimiento sin buscar distracción inmediata
  • a evaluar riesgos y afrontar pequeños fracasos con naturalidad

En psicología, esto se conoce como el desarrollo de un "locus de control interno": la sensación de que uno mismo tiene influencia sobre lo que le ocurre. Quien no logra desarrollarlo tiene más probabilidades de sufrir ansiedad y tristeza, porque siente que la vida es algo que simplemente le sucede, sin que él pueda hacer nada.

De las tardes libres a las agendas sobrecargadas

A partir de finales de los años 70, la infancia fue cambiando de carácter lentamente. Las calles donde los niños jugaban dejaron paso al tráfico, los padres recibieron cada vez más información sobre los riesgos y la idea de una crianza "óptima" se convirtió en una especie de proyecto personal.

Más clubs deportivos, más clases de apoyo, más actividades organizadas. Cada vez menos momentos en los que un niño simplemente deambula, se aburre o tiene que encontrar una solución por sí mismo. Gray señala que la actual crisis de salud mental entre los jóvenes ya era visible mucho antes de que llegara internet o la pandemia. El declive del tiempo libre corre en paralelo a ese deterioro de manera llamativa.

Un ejemplo ilustrativo: a principios de los años 70, en Estados Unidos, aproximadamente el 80 por ciento de los niños de quinto de primaria iban al colegio solos. Hoy ese porcentaje es marginal y en muchas ciudades prácticamente cero. Los padres llevan y recogen a sus hijos por miedo al tráfico, a los secuestros o simplemente por temor a ser juzgados como malos padres.

¿Proteger o limitar?

Investigadores de la Florida Atlantic University subrayan que los padres tienen razones legítimas para preocuparse por los peligros y sienten presión para que sus hijos rindan. Sin embargo, hay un mensaje que a menudo queda en segundo plano: los niños necesitan dosis crecientes de autonomía para encontrarse bien consigo mismos.

Necesitan experimentar que se les tiene confianza y que son capaces. Un mensaje como "confío en ti, inténtalo tú" hace más por su autoestima a largo plazo que cualquier curso extra o actividad supervisada.

Demasiada protección hace a los niños más seguros en el momento, pero más vulnerables a largo plazo.

El aburrimiento como gimnasio mental

Uno de los elementos más llamativos de aquella infancia más libre es algo que muchos padres actuales intentan evitar a toda costa: el aburrimiento puro. No esperar unos minutos en una fila, sino horas enteras sin plan, sin pantalla, sin actividad prevista.

Los niños de los años 60 y 70 conocían ese sentimiento a la perfección. Te sentabas en el bordillo de la acera, mirabas las nubes, cogías un palo y lo convertías en una espada, una caña de pescar o una varita mágica. De esa "nada" surgían el juego, la imaginación y, en última instancia, la convicción: sé entretenerme solo.

Eso es, en esencia, autorregulación. No una técnica de respiración aprendida, sino la experiencia básica de que la incomodidad del aburrimiento no es peligrosa y acaba pasando. No hace falta huir de ella inmediatamente buscando estímulos o entretenimiento.

Entonces Ahora
Largas horas de tiempo sin estructurar Horarios llenos de actividades
Jugar en la calle y en el barrio Deporte organizado y clubs
Resolver conflictos con los amigos Padres o monitores que intervienen rápido
Evaluar riesgos reales en la práctica Muchas advertencias, poca experiencia directa

La delgada línea entre soltar y abandonar

Los investigadores establecen una distinción clara entre la autonomía saludable y el abandono real. Los niños que crecen con padres con adicciones, violentos o emocionalmente ausentes sufren daños graves, y eso no está en discusión.

Lo que la investigación señala es la amplia zona intermedia entre esos extremos: no abandonar, pero tampoco estar encima de todo. En algún punto de ese espacio intermedio se encontraba el equilibrio que muchas familias del siglo pasado hallaron casi sin querer. Los padres estaban disponibles y garantizaban una seguridad básica, pero sencillamente no tenían tiempo ni tendencia a dirigir cada momento.

Hoy la norma se desplaza hacia una implicación continua. Los padres se sienten casi obligados a ayudar ante cualquier problema, a nombrar cada emoción y a cubrir cada riesgo posible. La intención es amorosa, pero el resultado a veces es menos favorable: los niños tienen pocas oportunidades de descubrir por sí mismos de qué son capaces.

Cómo crear espacio en un mundo frenético

No todos los barrios son seguros y no todos los niños pueden salir solos sin más. Aun así, existen más posibilidades de practicar la autonomía de las que muchos padres imaginan. Pequeños pasos suelen ser suficientes para alimentar el sentimiento de capacidad propia.

  • Deja que tu hijo decida de vez en cuando qué va a hacer durante una hora, sin sugerencias tuyas.
  • Espera un momento antes de intervenir en una pelea con un hermano o un amigo.
  • Encárgale tareas sencillas en casa sin mirar ni corregir lo que hace.
  • Establece límites claros ("este trozo de plaza está bien") y dentro de ellos, suéltalo.
  • Permite que un niño se aburra un rato sin ofrecerle inmediatamente una pantalla o una actividad.

Qué significan estos hallazgos para los padres de hoy

Muchos padres jóvenes reconocen la culpa que sienten cuando su hijo se aburre o lucha con algo. El impulso habitual es intervenir, explicar, resolver. Sin embargo, la investigación muestra que precisamente esos momentos difíciles son un terreno de entrenamiento valiosísimo para la resiliencia futura.

Un niño de tres años al que se le permite estar enfadado un rato porque el puzle no le sale aprende que la frustración es tolerable. Un adolescente al que se deja ir solo a la panadería con unos euros en el bolsillo está construyendo su sentido de competencia. No se trata de grandes aventuras, sino de experiencias cotidianas en las que el niño se siente tomado en serio.

Los psicólogos advierten de que los jóvenes tienen hoy con más frecuencia la sensación de que la vida les ocurre sin que ellos puedan hacer nada. El colegio, las redes sociales, las expectativas de los padres: gran parte de la estructura viene de fuera. Al incorporar más autonomía propia, por pequeña que sea, crece la idea fundamental: yo tengo algo que decir sobre mi propia vida.

Contexto adicional: ¿qué es exactamente el "locus de control interno"?

El término aparece de forma recurrente en esta investigación, así que conviene explicarlo con claridad. Alguien con un locus de control interno fuerte piensa ante un contratiempo: ¿qué puedo hacer yo para cambiar esto? Alguien con un locus de control externo fuerte tiende a pensar: mala suerte, es cosa del azar, del destino o de los demás.

Los niños no desarrollan ese control interior a través de conversaciones, sino a través de la experiencia directa. Algunos ejemplos típicos:

  • Se caen de un columpio y la próxima vez ajustan solos su comportamiento.
  • Tienen una pelea y más tarde buscan por sí mismos una manera de arreglarlo.
  • Tienen que buscarse la vida para entretenerse y comprueban que cada vez les resulta más fácil.

En todas esas situaciones experimentan de forma directa las consecuencias de sus propias decisiones. Eso hace que los problemas futuros resulten menos amenazantes. No porque esos problemas desaparezcan, sino porque saben: ya resolví algo antes, así que quizás ahora también pueda.

Para los padres, esto exige un reflejo diferente: no convertir todo en una lección, no eliminar cada riesgo, sino dejar espacio conscientemente. Ese espacio resulta a veces incómodo, precisamente porque las normas modernas de crianza apuntan hacia la máxima protección. La investigación sobre la generación de los años 60 y 70 sugiere que fue en esa incomodidad donde nació gran parte de su fortaleza mental.

Author

  • Begoña Pérez, conocida popularmente como La Ordenatriz, es una experta en orden y limpieza que ha revolucionado las redes sociales en España con sus soluciones prácticas para el hogar. Madre de siete hijos, Begoña comenzó compartiendo consejos basados en su propia experiencia diaria, lo que la llevó a convertirse en una guía indispensable para miles de personas. Su especialidad son los "trucos de limpieza" imposibles: cómo quitar manchas de tinta, vino o grasa usando productos económicos y accesibles. Ha publicado libros de éxito como "Limpieza, orden y felicidad", consolidándose como la máxima autoridad en лайфхаки domésticos.

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