¿Se han vuelto los niños más mimados? Lo que los abuelos hacían bien en la educación

Por qué la crianza de antes no era solo "severa y fría"

Un psicólogo infantil francés defiende que vale la pena mirar con otros ojos los métodos educativos de generaciones anteriores. No para recuperar sus aspectos más duros, sino para rescatar valores colectivos que hemos ido abandonando en una época donde el "yo" parece pesar más que el "nosotros".

Cuando pensamos en cómo educaban nuestros abuelos, muchos imaginamos miradas severas, palabras duras y el clásico "porque lo digo yo". Sin embargo, varios psicólogos señalan que también había en ello un núcleo saludable que hemos dejado atrás casi sin darnos cuenta.

En muchos hogares de entonces regían normas claras y universales. Se llegaba puntual, no se interrumpía a los adultos, se cedía el asiento a una persona mayor en el autobús y se hablaba al maestro con respeto, aunque no fuera especialmente amable. Suena formal, pero tenía un propósito: enseñar a los niños que formaban parte de algo más grande que ellos mismos.

Los límites claros y las normas de grupo no solo aportaban disciplina a los niños, sino también previsibilidad, seguridad y un sentido genuino de pertenencia.

Mientras hoy ponemos el foco en el carácter único y las necesidades individuales de cada niño, antes el énfasis recaía en participar, tener en cuenta a los demás y entender la familia o la clase como un "equipo". Precisamente ese enfoque colectivo, según el psicólogo, ejercía un efecto protector tanto sobre el comportamiento como sobre el bienestar infantil.

El auge del "niño-yo" y lo que hay detrás

Los expertos llevan años detectando una creciente tendencia al individualismo en la sociedad. El niño debe poder ser él mismo, tomar sus propias decisiones, marcar sus propios límites. En principio es valioso, pero a veces se va demasiado lejos.

La pandemia de COVID aceleró esa tendencia. Los confinamientos, la educación desde casa y la reducción de los contactos sociales hicieron que las familias se volvieran más pequeñas y más cerradas sobre sí mismas. El trabajo se volvió más solitario, las relaciones migraron a las pantallas y muchas personas se replegaron mentalmente en su propia burbuja.

Investigaciones realizadas en Francia muestran que una amplia mayoría de la población considera que la sociedad se desliza hacia el aislamiento social y el interés propio. Los docentes lo perciben en el aula: niños que se enfadan enseguida cuando no se salen con la suya, que tienen poca paciencia y que encuentran dificultades para compartir.

  • Cada vez más niños experimentan irritabilidad y frustración cuando algo no sale de inmediato.
  • Los colegios reportan un aumento de pequeños conflictos, lenguaje soez y comportamientos que traspasan límites.
  • Los adultos se sienten más solos en el trabajo debido a la creciente competitividad.

El psicólogo establece un vínculo entre estos fenómenos: cuando los niños aprenden principalmente a defender sus propios intereses, pero no tanto a gestionar la decepción, los compromisos y el bien común, más adelante se bloquean con más facilidad en situaciones sociales.

La silenciosa fortaleza del colectivo: lo que los abuelos intuían

Algo en lo que los abuelos solían destacar más de lo que les reconocemos era la construcción de un sólido entramado social. Muchas familias funcionaban como una pequeña comunidad: horarios fijos para las comidas, tareas domésticas compartidas, roles bien definidos, participación obligatoria en visitas familiares, actividades religiosas o deportivas.

Eso ofrecía tres grandes ventajas para los niños:

  • Un fuerte sentido de pertenencia. Los niños sabían: este es mi grupo, aquí encajo. Esa certeza absorbe mucha inseguridad, especialmente durante la adolescencia y la primera juventud.
  • Habilidades para tener en cuenta a los demás. Comer juntos, jugar juntos y hacer tareas en común enseñaba de manera natural a esperar, escuchar, negociar y a veces quedarse en un segundo plano.
  • Estructura y claridad. Las normas eran sencillas y predecibles. Se sabía qué se esperaba, qué estaba permitido y qué no. Menos discusión, más certeza.

Al situar el bien del grupo en el centro, los niños adquirían una brújula interior: no solo "¿qué quiero yo?", sino también "¿qué necesita el grupo ahora?".

Qué deberíamos recuperar de la crianza de antes y qué no

Nadie aboga por volver a los castigos físicos, la vergüenza pública o la cultura del silencio. El frío emocional que vivieron algunas generaciones también dejó secuelas profundas. La clave está en tomar selectivamente los puntos fuertes de antes y combinarlos con lo que hoy sabemos sobre el apego y la salud mental.

Elementos de la educación de antaño que pueden recuperar su valor

Antes Cómo aplicarlo hoy de forma moderna
Comer siempre juntos en la mesa Al menos varias comidas familiares fijas a la semana sin pantallas, con espacio para conversar
Normas de educación estrictas Practicar activamente con los niños saludar, esperar el turno y hablar con respeto, explicando por qué eso ayuda
Tareas del hogar como obligación Cada miembro de la familia asume responsabilidades según su edad: poner la mesa, guardar la compra, separar la ropa
El niño sigue al grupo Equilibrio entre los deseos individuales y los acuerdos para el conjunto de la familia o la clase

La esencia no es doblegar la voluntad del niño, sino hacerle comprender que forma parte de una red de personas. Eso no tiene por qué ser duro ni autoritario; puede ser al mismo tiempo muy cálido y muy claro.

Clubes deportivos, clases de música y las normas del abuelo: cómo reforzar el sentido de grupo

El psicólogo señala las actividades en equipo como un contrapeso poderoso frente al individualismo. Especialmente los deportes en los que literalmente no puedes prescindir de los demás, como el rugby, el hockey o el voleibol, enseñan a los niños que el papel de cada uno importa y que se gana o se pierde juntos.

Las asociaciones musicales, los grupos de teatro y los movimientos juveniles también refuerzan el sentido de pertenencia colectiva. Los niños aprenden que las normas valen para todos, que a veces hay que ceder y que uno tiene una responsabilidad hacia el grupo.

Un niño que experimenta que los demás cuentan con él suele desarrollar más confianza en sí mismo que uno que siempre ocupa el centro de atención.

El rol de los abuelos en las familias modernas ha cambiado, pero sigue siendo valioso. Con normas simples y consistentes —levantarse de la mesa, recoger juntos después de jugar, dejar el teléfono durante la comida— transmiten a menudo, casi sin notarlo, una dosis de estabilidad "a la antigua". Un enfoque popular que circula es la llamada "regla de las 3C" para los abuelos: marco claro, ser consecuente y mantenerse cálido. Así evitan conflictos con los padres y al mismo tiempo ofrecen estructura a los nietos.

Cómo orientar a los niños hoy sin perder la espontaneidad

Muchos padres actuales quieren tomarse en serio a sus hijos, reconocer sus emociones y dejar espacio para su individualidad. A veces van tan lejos en eso que cualquier límite les parece "demasiado estricto". El resultado es que el niño se convierte en el criterio, en lugar de la familia o la clase en su conjunto.

Un equilibrio más saludable surge cuando los padres aplican algunos principios básicos y estables:

  • No todo sentimiento determina el resultado: el niño puede estar enfadado, pero el acuerdo sigue en pie.
  • Los acuerdos rigen para todos los miembros de la familia, no solo para los niños.
  • El tiempo de pantalla, los horarios de sueño y las normas de convivencia pertenecen al funcionamiento común, no a "lo que el niño tiene ganas de hacer".

Al explicar siempre por qué existe una norma —"para que podamos escucharnos", "para que todo el mundo tenga su turno", "para estar descansados mañana"— el niño aprende la conexión entre el individuo y el grupo. Eso hace que los límites sean menos arbitrarios y se perciban menos como una lucha de poder.

Los padres que quieran empezar con esto pueden hacerlo a pequeña escala: un momento familiar al día sin teléfono, una tarea recurrente para cada miembro de la familia, una norma clara sobre hablar y escuchar. Una vez establecida esa base, los niños se adaptan sorprendentemente rápido a un mayor respeto mutuo y a menos conflictos innecesarios.

Un último aspecto que destacan los psicólogos es la influencia de la escuela y el trabajo. Los niños copian lo que ven: si los adultos están continuamente estresados haciendo mil cosas a la vez, se interrumpen en las reuniones y van solo a por sus propios objetivos, la colaboración se convierte en un concepto vacío. Cuando los adultos crean espacio para la cooperación real, la responsabilidad compartida y el reconocimiento de los distintos roles, crece una nueva generación que tanto se conoce a sí misma como tiene en cuenta a los demás. Exactamente esa combinación que los abuelos a veces lograban de forma intuitiva, pero que hoy requiere una actuación más consciente.

Author

  • Begoña Pérez, conocida popularmente como La Ordenatriz, es una experta en orden y limpieza que ha revolucionado las redes sociales en España con sus soluciones prácticas para el hogar. Madre de siete hijos, Begoña comenzó compartiendo consejos basados en su propia experiencia diaria, lo que la llevó a convertirse en una guía indispensable para miles de personas. Su especialidad son los "trucos de limpieza" imposibles: cómo quitar manchas de tinta, vino o grasa usando productos económicos y accesibles. Ha publicado libros de éxito como "Limpieza, orden y felicidad", consolidándose como la máxima autoridad en лайфхаки domésticos.

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