Un hongo aparentemente inofensivo que flota en el aire de cualquier lugar está demostrando una capacidad de adaptación vertiginosa, convirtiéndose en una amenaza creciente para la salud humana, los cultivos y los ecosistemas naturales.
Los científicos advierten que un grupo de hongos, entre los que destaca el Aspergillus, está evolucionando hacia un adversario cada vez más difícil de combatir, impulsado por el cambio climático y el uso inadecuado de fungicidas. Los mismos organismos que descomponen las hojas muertas en el bosque pueden dañar nuestros pulmones, arruinar cosechas enteras y dejar sin efecto algunos medicamentos.
De esporas invisibles en el aire a una grave infección pulmonar
Cada día, las personas inhalan millones de esporas de hongos sin ser conscientes de ello. El sistema inmunitario elimina la gran mayoría de forma silenciosa. Sin embargo, una pequeña fracción logra establecerse en el organismo, especialmente en personas con las defensas debilitadas, enfermedades pulmonares previas o tras infecciones víricas graves como la gripe o la COVID-19.
El Aspergillus es el que más preocupa a los especialistas. Este hongo habita habitualmente en la tierra, los cereales, las plumas de animales e incluso en restos de coral. En la naturaleza cumple una función útil descomponiendo materia orgánica. Pero en hospitales y granjas, ese papel cambia radicalmente.
El mismo hongo que digiere las hojas en el bosque puede destruir a una persona desde dentro en el entorno hospitalario.
En particular, Aspergillus fumigatus puede penetrar profundamente en los pulmones y provocar aspergilosis invasiva, una infección severa con una tasa de mortalidad elevada, especialmente cuando el tratamiento se inicia tarde o el hongo ha desarrollado resistencia a los medicamentos.
El cambio climático impulsa a los hongos hacia nuevos territorios
Investigadores de la Universidad de Manchester han modelizado cómo tres especies conocidas de Aspergillus —A. flavus, A. fumigatus y A. niger— podrían expandirse de aquí a finales de este siglo. Para ello utilizaron distintos escenarios climáticos, incluyendo uno en el que el mundo sigue dependiendo intensamente de los combustibles fósiles.
Sus mapas revelan que grandes zonas de Europa se volverán progresivamente más favorables para estos hongos. La temperatura, la humedad y los fenómenos meteorológicos extremos determinan dónde se asientan las esporas y la velocidad a la que se adaptan.
- El hábitat de A. flavus en Europa podría crecer aproximadamente un 16 por ciento.
- Alrededor de un millón de personas adicionales podrían quedar expuestas a infecciones o a toxinas producidas por hongos.
- El alcance de A. fumigatus podría ampliarse en más de un 77 por ciento.
- Eso supondría potencialmente millones de europeos más dentro de la zona de riesgo.
En algunas regiones de África ocurre algo llamativo: ciertas zonas se vuelven tan calurosas que algunos hongos sobreviven peor en ellas. Al mismo tiempo, el problema se desplaza hacia otras áreas donde las condiciones son justo las suficientemente favorables para un crecimiento masivo. El resultado neto es que cada vez más regiones del planeta se convierten en entornos propicios para hongos peligrosos.
Del polvo de obra a la COVID-19: cómo se producen los contagios
Los hospitales llevan tiempo siendo conscientes de los riesgos que plantea el Aspergillus. Tras obras de renovación o durante intensas tormentas de polvo, grandes cantidades de esporas pueden quedar suspendidas en el aire. Los pacientes vulnerables ingresados en unidades de cuidados intensivos se encuentran entonces en peligro directo.
Los médicos registran un número creciente de infecciones fúngicas en personas que se recuperan de infecciones víricas severas. Los pulmones ya dañados por la gripe o la COVID-19 constituyen un caldo de cultivo ideal para los hongos. La combinación de vías respiratorias deterioradas y un sistema inmunitario debilitado suele tener consecuencias muy negativas.
El diagnóstico de las infecciones fúngicas lleva años de retraso respecto al de bacterias y virus, lo que hace que los tratamientos que podrían salvar vidas lleguen con demasiada frecuencia demasiado tarde.
Con el avance de los hongos en el exterior, se espera también un aumento en el número de hospitalizaciones. Los tratamientos complejos, las estancias más prolongadas y los medicamentos costosos generarán un incremento considerable del gasto sanitario.
Micotoxinas en los cereales: pérdidas millonarias y riesgos para la salud
Las consecuencias no se limitan al ámbito sanitario. El Aspergillus también puede afectar a las cosechas y producir sustancias tóxicas —las micotoxinas— en cereales y frutos secos. En un mal año, los daños en un solo país pueden alcanzar miles de millones de euros.
Con temperaturas más altas y mayor humedad, los hongos disponen de más tiempo para extenderse por los campos y los almacenes. Los agricultores se ven entonces obligados a:
- descartar partes más grandes de la cosecha,
- mezclar partidas para reducir la concentración de toxinas,
- invertir más en instalaciones de almacenamiento y controles de calidad.
Estas medidas reducen los riesgos, pero no los eliminan. Pequeñas cantidades de micotoxinas pueden acabar igualmente en los piensos o en la cadena alimentaria, con repercusiones tanto para el bienestar animal como para la salud pública.
Los fungicidas agrícolas están debilitando la eficacia de los medicamentos
Una de las mayores preocupaciones es que el Aspergillus desarrolla resistencias con rapidez frente a los azoles, un grupo de antifúngicos empleado tanto en agricultura como en medicina. Los agricultores aplican azoles sobre campos de trigo, maíz o cacahuetes. Los médicos administran compuestos casi idénticos en forma de infusión o pastillas para tratar infecciones pulmonares.
Este uso paralelo hace que los hongos se acostumbren a esas sustancias y desarrollen resistencia. Las mismas mutaciones genéticas que permiten a un hongo sobrevivir en un campo de cultivo pueden provocar el fracaso de un tratamiento hospitalario.
Cada hectárea tratada con azoles aumenta la probabilidad de que esporas resistentes terminen llegando a los hospitales.
Para los pacientes con una infección resistente, el panorama es sombrío. Las tasas de mortalidad superan el 50 por ciento, en parte porque los medicamentos alternativos suelen ser dañinos para los riñones y el hígado. Los organismos de salud pública en Europa y Asia ya monitorizan la situación de cerca, analizando muestras de suelo, compost y aire en busca de cepas resistentes.
Los hongos amenazan también la seguridad alimentaria y a los pacientes más vulnerables
El Aspergillus no es el único responsable. Otros hongos responden igual de bien —o incluso mejor— al cambio climático. El Fusarium se ceba con los campos de cereales y puede destruir grandes porciones de la producción de trigo y avena. El Cryptococcus provoca graves infecciones pulmonares y cerebrales en personas con el sistema inmunitario muy debilitado, como quienes viven con VIH.
Los expertos en salud advierten de que esta combinación —más pacientes susceptibles, temporadas de crecimiento más largas para los hongos y una humedad ambiental en aumento— ejerce una presión enorme tanto sobre los hospitales como sobre los sistemas agrícolas. Cosechas menos fiables implican precios más elevados, mientras los centros hospitalarios necesitan más camas y tratamientos cada vez más caros.
Por qué sabemos tan poco sobre los hongos
A pesar de todos estos riesgos, la investigación micológica sigue siendo incipiente. Los científicos estiman que existen entre 1,5 y 3,8 millones de especies de hongos. Menos del diez por ciento de ellas ha sido descrita, y solo de una fracción aún menor se ha secuenciado el ADN completo.
Esta brecha en el conocimiento frena el desarrollo de vacunas y nuevos fármacos. Sin comprender bien cómo evolucionan y se propagan los hongos, resulta muy difícil intervenir de manera eficaz.
La Organización Mundial de la Salud ha incluido al Aspergillus y a ciertas especies de Candida en una lista de amenazas emergentes prioritarias. Los investigadores abogan por crear una especie de "red de vigilancia" para hongos: mediciones del aire, muestras de suelo y de cultivos, vinculadas a los datos procedentes de los hospitales.
| Ámbito de actuación | Medidas posibles |
|---|---|
| Clima y medio ambiente | Reducción de emisiones, planes ante olas de calor, mejora del almacenamiento de cereales y frutos secos |
| Agricultura | Uso más selectivo de fungicidas, rotación de cultivos, variedades resistentes |
| Atención sanitaria | Pruebas diagnósticas más rápidas, normas más estrictas de construcción y ventilación, nuevos medicamentos |
Qué implica todo esto para la vida cotidiana
Para las personas sanas, el riesgo de sufrir una infección fúngica grave sigue siendo, por ahora, reducido. Quien no padece una enfermedad pulmonar crónica ni está sometido a un tratamiento médico intensivo puede hacer frente a la mayoría de las esporas sin problemas. Sin embargo, la exposición diaria está cambiando lentamente.
Las olas de calor, las temporadas de polen y esporas más prolongadas y el mayor crecimiento de hongos en viviendas con ventilación deficiente pueden agravar síntomas como la dificultad respiratoria y las alergias. Las personas con asma o EPOC son habitualmente las primeras en notarlo. Empresas y centros educativos también tendrán que adaptarse a nuevas exigencias en materia de calidad del aire interior y sistemas de ventilación.
Para el ámbito sanitario, esta tendencia exige que los médicos estén más atentos a los hongos como posible causa de problemas pulmonares inexplicables, especialmente tras una infección vírica. Un diagnóstico rápido —mediante análisis de sangre y tomografías computarizadas mejoradas— puede marcar la diferencia entre la recuperación completa y las secuelas permanentes.
Medidas concretas: del sótano de casa a la UCI
Aunque las grandes soluciones pasan por la política climática y las estrategias agrícolas globales, parte de la respuesta empieza cerca de nosotros y en la práctica diaria de los hospitales.
- En el hogar: abordar cuanto antes los problemas de humedad, goteras y manchas de moho, especialmente en dormitorios y zonas de estar.
- En las explotaciones agrícolas: adoptar en la medida de lo posible una gestión integrada de plagas, para reducir la frecuencia de aplicación de los mismos productos.
- En los hospitales: extremar la precaución durante las obras, revisar los filtros de aire con mayor regularidad y proteger mejor a los pacientes más vulnerables.
Mientras tanto, los investigadores trabajan en nuevos antifúngicos menos tóxicos que atacan a los hongos mediante mecanismos distintos a los de los medicamentos actuales. Esto reduce la probabilidad de que la resistencia se desarrolle a gran velocidad.
Por último, los micólogos —especialistas en hongos— reclaman mayor atención para su campo de estudio. Mientras los hongos reciban menos recursos que las bacterias y los virus, existe el riesgo de que una "pandemia silenciosa" tome impulso de forma gradual: no a través de un gran brote único, sino mediante una cadena de infecciones persistentes, cosechas fallidas y un gasto sanitario en constante ascenso.













