Creció en una casa donde las lágrimas se tragaban y la vida seguía adelante sin más.
Solo años después se atrevió a marcar el número de un psicólogo.
Cada vez más jóvenes lidian en silencio con la ansiedad, la tristeza y la presión por rendir, mientras en muchas familias sigue viva la idea de que pedir ayuda profesional es "exagerado". La historia de una estudiante de 24 años muestra lo profundo que está arraigado ese tabú, y cómo, poco a poco, empieza a resquebrajarse.
Una generación entre dos mundos: todo se comparte en internet, nada se habla en casa
Un estudio de Ipsos de 2025 ofrece un panorama preocupante: más de la mitad de los estudiantes afirma no sentirse bien mentalmente. Alrededor del 60% muestra señales de angustia psicológica, y el 38% considera seriamente abandonar sus estudios debido a problemas de salud mental.
Al mismo tiempo, las redes sociales están repletas de contenido sobre salud mental. En TikTok, el hashtag #mentalhealth acumula decenas de miles de millones de visualizaciones. Los vídeos en los que jóvenes cuentan ante la cámara que no están bien, o comparten sus experiencias en terapia, atraen a millones de espectadores.
En internet, hablar de ansiedad y depresión parece lo más normal del mundo. En la mesa de la cocina, sin embargo, sigue siendo un tema prohibido.
Esa tensión la sienten muchos jóvenes: por un lado, un entorno digital donde la vulnerabilidad casi se ha convertido en un formato; por el otro, unos padres que crecieron con el lema de no quejarse y seguir adelante sin mirar atrás.
'En casa aprendí a ser fuerte y no lamentarme'
La estudiante de 24 años Nasrine, como se la menciona en la prensa francesa, creció en ese tipo de familia. Ser fuerte, perseverar y no hablar demasiado de los propios sentimientos era la norma. Solo cuando tocó fondo se dio cuenta de lo poco que había a su alrededor para decir que las cosas no iban bien.
Se sentía agotada, apagada y cada vez más desconectada de los demás, pero guardaba todo para sí misma. Sus padres describían a los psicólogos como algo reservado a quienes estaban "realmente mal". Por eso, para ella, pedir ayuda equivalía a fracasar.
"Aunque tenía personas a mi alrededor, me sentía completamente sola", dice recordando aquella etapa.
Este tipo de relatos aparece también en los estudios: más de la mitad de los estudiantes asegura que no acudiría rápidamente a los servicios de apoyo de su universidad, ni siquiera cuando la situación es crítica. La vergüenza, el miedo a parecer exagerado y el deseo de no suponer una carga para los demás juegan un papel decisivo en esa decisión.
El punto de inflexión: aceptar que no estar bien también es normal
Para Nasrine, el momento decisivo llegó cuando encontró una línea de ayuda para estudiantes atendida por sus propios compañeros. En Francia esa organización se llama NightLine; en otros países existen iniciativas similares, como líneas de escucha o servicios de chat para jóvenes. La idea es hablar con alguien que atraviesa una etapa vital parecida, en lugar de acudir directamente a una institución oficial.
Dudó mucho antes de llamar. ¿Y si sus problemas "no eran suficientemente graves"? ¿Y si no la tomaban en serio? Aun así, dio el paso. La conversación dejó algo muy claro: no es necesario hundirse del todo para tener derecho a pedir ayuda.
Dar el paso hacia una línea de escucha o un psicólogo no es señal de debilidad, sino de responsabilidad hacia uno mismo.
La experiencia la marcó tanto que tiempo después se apuntó como voluntaria. Quería, según sus propias palabras, "devolver lo que yo misma recibí": un oído dispuesto a escuchar, sin juicios, en el momento en que todo se vuelve demasiado.
Por qué los padres suelen ir por detrás de sus hijos
La frase que escuchó de su madre, que un psicólogo solo es para quienes están "locos de verdad", resuena en mil variantes distintas en los salones de muchas familias. La mayoría de los padres no lo dicen con mala intención. Ellos mismos crecieron con poco espacio para la vulnerabilidad y, con frecuencia, sin acceso a ningún tipo de atención psicológica.
Sin embargo, ese tipo de comentarios tiene consecuencias muy concretas:
- Los jóvenes tardan más en buscar ayuda, lo que agrava los problemas.
- Se sienten culpables o exagerados cuando quieren acudir a un psicólogo.
- El umbral para ser honestos sobre la ansiedad, la tristeza o el estrés se eleva.
En TikTok, Instagram y YouTube ocurre algo bien distinto. Los jóvenes comparten abiertamente que están en terapia, hablan de ataques de pánico o de síntomas parecidos al burnout, y lo procesan con humor negro o vídeos cortos en los que recrean situaciones muy reconocibles.
Esa apertura puede resultar liberadora, ese "no soy el único", pero no resuelve automáticamente lo que ocurre en casa. Allí, alguien tendrá que empezar la conversación de todos modos.
Cómo iniciar una conversación sin juicios siendo padre o madre
Los psicólogos y las organizaciones de ayuda suelen dar los mismos consejos básicos a los padres que quieren apoyar a sus hijos pero no saben muy bien cómo hacerlo:
- No esperes a que haya una crisis. Convierte la salud mental en un tema de conversación habitual. Pregunta de vez en cuando cómo está de verdad, más allá de las notas o los logros.
- Escucha más tiempo del que estás acostumbrado. Muchos padres llenan los silencios o pasan rápido a ofrecer soluciones. Los jóvenes necesitan primero contar su historia sin recibir consejos inmediatos.
- Evita etiquetas como "exagerado" o "débil". Incluso los comentarios a medias en broma pueden hacer que un hijo deje de compartir cualquier cosa.
- Normaliza pedir ayuda. Puedes decir literalmente que está bien hablar con un psicólogo, un orientador o un médico de cabecera cuando las cosas no van bien.
- Muestra tu propia vulnerabilidad. Contar momentos en los que tú también lo pasaste mal abre un espacio para una conversación honesta.
Un padre o una madre no tiene que ser terapeuta. Estar presente, escuchar y no restar importancia a la ayuda ya marca la mayor diferencia.
Qué pueden hacer los jóvenes cuando hablar en casa es difícil
No todo el mundo tiene padres con quienes resulte fácil hablar. Algunos jóvenes temen no ser comprendidos; otros no quieren cargar a sus familias. Aun así, existen pasos intermedios que ayudan a no seguir dando vueltas solo a los problemas:
- Busca una persona de confianza en el instituto o la universidad: orientador, tutor o coordinador de estudios.
- Usa líneas de chat o teléfonos de ayuda anónimos para dar un primer paso.
- Habla con un amigo o amiga de verdad en quien confíes, en lugar de publicar mensajes vagos en redes sociales.
- Escribe lo que sientes y lleva esas notas a tu médico de cabecera o a un profesional de la salud mental.
La visibilidad de la salud mental en internet puede ayudar a superar la vergüenza inicial, pero las conversaciones personales y seguras siguen siendo imprescindibles. En un encuentro cara a cara puedes entender mucho mejor qué necesitas y qué forma de ayuda se adapta realmente a ti.
Cómo reconocer las señales antes, tanto para padres como para estudiantes
Los problemas psicológicos suelen colarse despacio. Te acostumbras a dormir mal, a ese nudo constante en el estómago o a la sensación de que en cualquier momento olvidarás algo importante. Aun así, hay señales a las que conviene prestar atención:
| Señal | Qué puedes hacer |
|---|---|
| Problemas de sueño prolongados | Habla de ello, revisa los horarios y el uso de pantallas, y consulta al médico si dura semanas. |
| Caída repentina en notas o motivación | Pregunta por el estrés, la presión y la concentración, no solo por "la pereza". |
| Alejarse de amigos y actividades | Propone pequeños pasos: un paseo corto, comer juntos, una conversación tranquila. |
| Molestias físicas frecuentes sin causa aparente | Tómatelas en serio: las quejas psicosomáticas son una señal de estrés bien documentada. |
Para los propios estudiantes: si durante semanas tienes la sensación de que todo supone un esfuerzo enorme, o te das cuenta de que cancelas planes constantemente y ya nada te produce placer, eso no es un defecto de carácter. Son señales de alarma clásicas que indican que necesitas apoyo.
Por qué esto no es una "moda pasajera", sino un cambio silencioso y profundo
Algunos padres y docentes reaccionan ante la creciente atención a la salud mental con escepticismo: "Hoy en día todo el mundo está estresado" o "En mis tiempos el burnout no existía". En realidad, no se trata tanto de más debilidad, sino de más vocabulario disponible y más presión acumulada.
Los estudiantes se enfrentan a altos estándares de rendimiento, incertidumbre económica y un mundo digital que nunca deja de comparar. Al mismo tiempo, por fin existe un espacio para poner palabras a la ansiedad, el trauma o el agotamiento. Donde generaciones anteriores reprimían sus problemas, los jóvenes de hoy los muestran a veces con toda su crudeza.
La historia de esta estudiante que creció creyendo que los psicólogos eran solo para "locos" muestra lo grande que puede ser la brecha mental dentro de una familia. Pero también revela algo esperanzador: alguien que al principio luchaba en silencio se atrevió a marcar un número, encontró el reconocimiento que necesitaba y acabó convirtiéndose en la persona que ayuda a otros a pasar la noche.
Quien convive o trabaja con estudiantes, ya sea como padre, docente, casero o amigo, no necesita una formación terapéutica complicada para marcar la diferencia. Una actitud abierta, menos juicio y el simple reconocimiento de que pedir ayuda está bien eliminan ya gran parte de la vergüenza que ha pesado durante tanto tiempo sobre la atención psicológica.













