Una sabana inmensa que casi nadie tiene en el mapa
Mientras el mundo señala al Amazonas como el gran escudo verde del planeta, una sabana vecina resulta ser igualmente decisiva para el clima y el suministro de agua en América del Sur. Nuevas mediciones en los suelos del bioma brasileño del Cerrado revelan que, precisamente en sus zonas húmedas, se esconde una reserva de carbono enorme aunque profundamente frágil.
El Cerrado ocupa cerca del 26% de Brasil, una extensión más de treinta veces superior a la de España en territorio comparable. Es la sabana más grande de América del Sur, con praderas, arbustos, valles poblados de palmeras y franjas pantanosas a lo largo de arroyos y ríos.
Los científicos han catalogado más de 12.000 especies vegetales y una cantidad incontable de animales adaptados a las sequías estacionales y a los incendios periódicos. Sin embargo, la atención internacional sigue concentrada casi exclusivamente en el Amazonas, que resulta más espectacular a la vista y aparece con mayor frecuencia en los informes climáticos.
Por ese mismo motivo se ha subestimado una función clave del Cerrado: actúa como el gran castillo de agua del continente. Los nacientes de dos tercios de los grandes ríos brasileños se encuentran en esta sabana, incluyendo cuencas que finalmente alimentan al propio Amazonas. Quien altera el Cerrado afecta inevitablemente al Amazonas y a grandes porciones del resto de América del Sur.
Suelos húmedos con cifras de carbono que superan toda expectativa
Un estudio publicado en marzo de 2026 en la revista científica New Phytologist desvela una pieza que faltaba en el rompecabezas climático. Investigadores brasileños y estadounidenses se desplegaron sobre el terreno con pesadas perforadoras y extrajeron muestras profundas del suelo —algunas de hasta cuatro metros— en siete puntos distintos del Cerrado, principalmente en zonas húmedas y encharcadas.
Este enfoque puede parecer puramente técnico, pero marca una diferencia radical. Muchos cálculos anteriores se limitaban a analizar la capa superficial del suelo o se basaban en imágenes satelitales, métodos que pasan por alto la mayor parte del carbono almacenado, que se concentra precisamente en las capas más profundas.
En algunas zonas húmedas del Cerrado, los investigadores encontraron hasta 1.200 toneladas de carbono por hectárea, aproximadamente seis veces más que el carbono contenido en la vegetación del Amazonas.
Sumando el conjunto, el carbono almacenado en estas áreas del Cerrado equivale a aproximadamente una quinta parte de la reserva total de carbono de la cuenca amazónica. Esto convierte a la sabana, de golpe, en uno de los depósitos de carbono más importantes de toda la zona tropical.
Resulta aún más llamativo comprobar lo poco que estas reservas aparecen en las estadísticas climáticas oficiales de Brasil y en los modelos internacionales. El estudio subraya que las estimaciones globales de carbono terrestre probablemente están subestimadas cuando no se tienen en cuenta suelos ocultos de este tipo.
Cómo el agua y el oxígeno abren y cierran el grifo del carbono
La clave de esta enorme capacidad de almacenamiento reside en el agua. En las zonas húmedas —frecuentemente junto a orillas o en depresiones bajas conocidas localmente como veredas— el nivel freático permanece alto durante largos períodos. El suelo se satura y el oxígeno apenas penetra en él.
En esas condiciones, bacterias y hongos trabajan muy lentamente. Los restos vegetales —hojas, raíces, tallos— se descomponen solo parcialmente y se van acumulando en el subsuelo. Capa tras capa se forma un paquete orgánico rico que recuerda a la turba. Este proceso lleva miles de años operando y convierte la zona en un sumidero de carbono de larga duración.
Mientras el suelo permanece húmedo, el carbono permanece atrapado. Pero cuando entra más oxígeno, la situación cambia con rapidez.
- Nivel freático alto → poco oxígeno → descomposición lenta → almacenamiento de carbono
- Descenso del nivel freático → más oxígeno → descomposición rápida → emisión de CO₂
Los investigadores que midieron las emisiones del suelo a lo largo de distintas estaciones comprobaron que aproximadamente el 70% de las emisiones se produce durante la estación seca. En cuanto el agua retrocede temporalmente, el grifo del carbono se abre considerablemente. Un drenaje prolongado o una desecación estructural pueden acelerar ese proceso de forma dramática.
Un peso ecológico que puede equipararse al del Amazonas
Además de actuar como depósito de carbono y fuente de agua, el Cerrado desempeña un papel fundamental en el sistema climático de América del Sur en su conjunto. La combinación de vegetación y suelos húmedos influye en la cantidad de vapor de agua en la atmósfera y, con ello, en los patrones de precipitación de regiones muy alejadas de la propia sabana.
Las zonas húmedas abarcan una extensión estimada de más de 16 millones de hectáreas distribuidas por todo el bioma. Forman una red de esponjas naturales que retienen la lluvia, la liberan gradualmente y alimentan los ríos durante los períodos secos. Sin esa red, los ríos sufrirían crecidas más bruscas y estiajes más pronunciados.
| Función | Papel de las zonas del Cerrado |
|---|---|
| Almacenamiento de carbono | Hasta 1.200 toneladas de carbono por hectárea en suelos húmedos |
| Gestión del agua | Zona de nacimiento de 2/3 de los grandes ríos brasileños |
| Biodiversidad | Más de 12.000 especies vegetales, muchas endémicas |
| Regulación climática | Influye en las precipitaciones y la temperatura en grandes áreas de América del Sur |
El nuevo estudio sitúa al bioma del Cerrado como un contrapeso legítimo del Amazonas. No en apariencia, pero sí en impacto real.
La expansión agrícola activa una bomba de carbono de efecto retardado
Mientras el peso ecológico del Cerrado crece en reconocimiento, la presión sobre el área lleva años aumentando. Agricultores y empresas agroindustriales deforestan la sabana a gran velocidad para cultivar soja, maíz, algodón y criar ganado. El drenaje masivo, la rectificación de arroyos y la tala de vegetación suelen ser parte estándar de ese proceso.
Para los suelos húmedos y orgánicamente ricos, esto es devastador. En cuanto zanjas y canales evacuan el agua, el nivel freático desciende. El carbono antes sellado entra en contacto con el oxígeno y se descompone a velocidad vertiginosa. Ese proceso puede trasladar a la atmósfera, en apenas unas décadas, el carbono acumulado durante siglos.
El mismo suelo que hoy funciona como tampón climático puede convertirse mañana en una fuente considerable de gases de efecto invernadero si se deseca.
A esto se suma que el cambio climático ya está intensificando la sequía en partes de Brasil. Las estaciones secas más largas y cálidas amplían la fracción del año en que el suelo se reseca, con el consiguiente aumento de emisiones. La desecación por agricultura y la desecación por cambio climático se refuerzan mutuamente.
Una protección insuficiente y un 'bioma sacrificado'
Parte del Cerrado cuenta con algún tipo de protección, pero esa cobertura es fragmentada y suele orientarse principalmente hacia zonas con biodiversidad visible, como bosques y sabanas con fauna de gran tamaño. Los suelos húmedos y ricos en turba reciben mucha menos atención en las políticas y en los mecanismos de control.
Los ecólogos advierten de que proteger únicamente las parcelas húmedas no es suficiente. Sin salvaguardar el sistema hídrico más amplio —cuencas fluviales, aguas subterráneas, vegetación circundante— las zonas húmedas terminan igualmente por secarse. La protección legal sobre el papel vale poco si río arriba se desvían cauces para riego o si grandes plantaciones rompen el paisaje.
En los debates climáticos aparece con frecuencia una estrategia incómoda: abrir el Cerrado a la agricultura para "salvar" el Amazonas. Los investigadores denominan a la sabana por eso un "bioma sacrificado". A corto plazo genera rendimientos agrícolas, pero la factura llega en forma de menor suministro de agua a los ríos amazónicos y de mayores emisiones de CO₂ procedentes de los suelos de la sabana.
Lo que sí funciona: empezar la política climática desde el subsuelo
El estudio de 2026 no solo señala riesgos, también apunta a oportunidades. Mientras los suelos húmedos del Cerrado permanezcan intactos, ofrecen servicios climáticos gratuitos: almacenamiento duradero de carbono y caudales de agua estables. Comparado con costosas soluciones tecnológicas de captura de CO₂, preservar estos humedales es relativamente económico.
Algunas estrategias que pueden marcar la diferencia en la política y en la práctica:
- Prohibición de nuevos drenajes en zonas vulnerables: restringir severamente o vetar el desagüe de suelos turbosos.
- Protección de cuencas completas: no solo el pantano, sino también las orillas, los manantiales y las zonas de recarga, con respaldo jurídico.
- Fomento de la agricultura extensiva: modelos agrícolas que operen sin drenajes profundos ni fertilización intensiva, como la agroforestería de sombra o los paisajes en mosaico.
- Pago por servicios ecosistémicos: recompensar económicamente a los propietarios que mantengan el carbono en el suelo y el agua en el paisaje.
- Incorporación a la contabilidad climática: incluir el carbono de los suelos del Cerrado en los informes nacionales e internacionales.
Por qué esta sabana también importa en Europa
A primera vista, el Cerrado parece algo muy lejano. Sin embargo, parte de la soja que llega a los piensos ganaderos en Europa proviene precisamente de esta región. Bancos y fondos de pensiones europeos también invierten en empresas activas en la sabana. Quien rastrea la cadena de origen descubre pronto que las decisiones en la mesa del desayuno tienen consecuencias sobre una llanura húmeda a miles de kilómetros de distancia.
Para los objetivos climáticos, eso importa. El CO₂ adicional que emiten los suelos desecados del Cerrado no se queda ordenadamente sobre Brasil, sino que se mezcla con la atmósfera global y presiona también el balance climático europeo. Los suelos húmedos de la sabana brasileña pueden resultar tan relevantes para los planes climáticos europeos como un parque eólico en el mar del Norte.
Quien se toma en serio el debate sobre la deforestación no puede ignorar el subsuelo. La conversación avanza paso a paso desde el simple "contar árboles" hacia "proteger las reservas del suelo". El Cerrado demuestra la magnitud de ese expediente oculto: bajo una sabana de apariencia ordinaria yace una cámara acorazada de carbono con miles de años de antigüedad, que determina nuestro clima futuro y nuestro suministro de agua en mayor medida de lo que se había pensado durante mucho tiempo.













