¿Son los humanos realmente violentos por naturaleza? Un nuevo estudio reabre el debate

La idea de siempre: la agresión como pendiente resbaladiza

Durante años ha circulado la misma explicación sobre la violencia. Un empujón puede convertirse en un golpe, un golpe puede escalar, y al final aparece un delito grave o incluso un homicidio. Como si la agresión fuera una línea recta que va de lo cotidiano y leve hasta lo extremo y letal.

Ese modelo encaja bien en una visión simplificada del comportamiento humano, pero la realidad resulta bastante más compleja. Los científicos llevan décadas debatiendo si la violencia forma parte de nuestra naturaleza o si surge principalmente de la cultura, la crianza y las circunstancias.

Hasta ahora, muchas teorías partían de un rasgo agresivo único y general: la especie A es "más agresiva" que la especie B, y punto. Quien pelea con frecuencia, según este razonamiento, tendría más probabilidades de protagonizar estallidos graves.

Los nuevos datos socavan la idea de que las especies —incluidos los humanos— pueden ordenarse en una escala simple que va de poca a mucha agresión.

El nuevo estudio: 100 especies de primates bajo análisis

Un equipo internacional liderado por el profesor Bonaventura Majolo, de la Universidad de Lincoln, junto con la doctora Samantha Wakes y el profesor Marcello Ruta, decidió poner a prueba esta visión de forma rigurosa. Y lo hicieron no estudiando solo a los humanos, sino a toda nuestra familia más cercana: los primates.

Los investigadores recopilaron datos sobre el comportamiento de 100 especies distintas de primates, desde pequeños monos hasta grandes simios. Establecieron una distinción entre cinco tipos de agresión, entre ellos:

  • Conflictos menores del día a día, como amenazas, persecuciones o breves enfrentamientos físicos
  • Ataques graves contra individuos adultos
  • Infanticidio
  • Asesinato de rivales dentro o fuera del grupo
  • Otras formas de agresión potencialmente letal

Este enfoque permitió examinar si una alta frecuencia de conflictos cotidianos se asocia realmente con mayor violencia extrema, o si ocurre precisamente lo contrario.

Lo que revelan los datos

El resultado fue llamativo: las especies con mayor agresión leve no resultaron automáticamente más peligrosas en términos letales. Una especie de mono que riñe, amenaza o empuja con frecuencia no mata necesariamente a sus congéneres más a menudo que una especie de apariencia tranquila.

Los datos apuntaban a algo diferente: las formas letales de agresión parecen seguir su propio camino evolutivo, impulsadas por factores distintos a los de los pequeños choques cotidianos.

Los investigadores sí encontraron que algunos comportamientos letales se relacionan entre sí. Las especies que matan rivales con relativa frecuencia muestran a veces también más infanticidio. Pero ese grupo está en gran medida desconectado de los conflictos diarios dentro del grupo.

Las peleas cotidianas y la violencia letal no discurren por el mismo carril, sino que parecen dos sistemas en parte independientes.

¿Qué implica esto para la imagen del ser humano?

La pregunta de si los humanos somos "por naturaleza" violentos lleva años generando debates encendidos. ¿La guerra la impulsa nuestro cerebro, o la provocan circunstancias como la desigualdad, la propaganda y la lucha por el poder?

Según Majolo y sus colegas, esa pregunta no puede responderse observando simplemente con qué frecuencia una especie riñe, grita o empuja. Importa mucho qué tipo de agresión se estudia y bajo qué condiciones aparece.

El estudio señala que es biológicamente incorrecto ordenar las especies en una única escala de agresividad, como si existiera una puntuación universal de "peligrosidad". Para los humanos, esto significa que alguien que reacciona con palabras duras no es necesariamente alguien que tenga más probabilidades de llegar a la violencia grave.

Por qué la agresión adopta tantas formas

En los primates, nosotros incluidos, la agresión se manifiesta de múltiples maneras. Una pelea puede girar en torno a una pieza de fruta o a un aparcamiento, otra puede tener que ver con el estatus, los celos o el territorio. Desde fuera, esos conflictos pueden parecer similares, pero por debajo actúan motivaciones completamente distintas.

Entre los factores más relevantes se encuentran los siguientes:

Factor Influencia sobre la agresión
Estructura social Las jerarquías rígidas generan con frecuencia más amenazas rituales, pero a veces menos combates reales.
Acceso a alimentos La escasez puede avivar los conflictos, especialmente en torno a fuentes nutritivas.
Competencia por pareja Una competencia elevada puede desencadenar comportamientos de riesgo, en ocasiones letales.
Presión territorial El solapamiento de territorios aumenta la probabilidad de enfrentamientos violentos.

El nuevo estudio muestra que no todos los tipos de agresión responden del mismo modo a estos factores. Un altercado breve dentro del grupo puede servir para mantener el orden y establecer límites, mientras que los ataques letales suelen asociarse a una presión excepcional, como recursos extremadamente escasos o una competencia feroz.

Las peleas cotidianas como lubricante social

Es interesante que algunas formas leves de agresión también pueden cumplir una función. Los conflictos breves pueden, por ejemplo, aclarar relaciones sociales o liberar tensión sin que nadie resulte herido.

En diversas especies de simios, los investigadores observan que empujar, tirar o amenazar brevemente a veces ayuda precisamente a evitar un conflicto mayor. En los grupos humanos ocurre algo parecido: una discusión acalorada puede desahogar, permitiendo que ambas partes sigan adelante.

No todo estallido es una señal de que alguien sea "en el fondo" más peligroso. El contexto y la función son determinantes.

La biología no lo explica todo

El estudio, publicado en la revista Evolution Letters, subraya que la violencia humana no puede reducirse únicamente a genes o estructuras cerebrales. La biología establece posibilidades y límites, pero no determina por sí sola cuándo las personas dan el paso hacia la violencia extrema.

La cultura, los sistemas legales, las normas sociales y las condiciones económicas desempeñan un papel fundamental. Las sociedades con redes de apoyo social sólidas y normas claras registran generalmente menos violencia letal, aunque sus miembros choquen con intensidad entre sí.

Implicaciones para el debate y las políticas públicas

La nueva investigación advierte contra etiquetas simplistas como "especie violenta" o "pueblo agresivo". Esas etiquetas no hacen justicia a la variación en el comportamiento y pueden llevar las políticas por el camino equivocado.

Para prevenir la violencia resulta útil distinguir entre sus diferentes formas:

  • La agresión cotidiana, como los insultos o los empujones, requiere habitualmente habilidades sociales, mediación y límites claros.
  • La violencia extrema se relaciona más a menudo con frustraciones profundas, acceso a armas, crimen organizado o situaciones de guerra.
  • Factores de riesgo como el trauma, las adicciones y el estrés prolongado aumentan especialmente la probabilidad de que alguien llegue a ese punto extremo.

Al distinguir estas capas, los profesionales de la ayuda social, las escuelas y los gobiernos pueden intervenir de forma más precisa. No todo el que pelea es una bomba de relojería, pero ciertas circunstancias sí hacen demostrablemente más probable una escalada grave.

Cómo se refleja esto en la vida cotidiana

En las familias, en los colegios y en el trabajo surgen tensiones tarde o temprano. Las palabras duras, las peleas o los breves estallidos resultan incómodos, pero no conducen automáticamente a la violencia física.

Las señales que sí ofrecen mayor motivo de preocupación incluyen, entre otras:

  • Amenazar o controlar a otros de forma sistemática
  • Combinar agresión con consumo de sustancias o presencia de armas
  • Ausencia de remordimiento o reflexión tras causar daño
  • Glorificar la violencia como solución

Con todo ello, el estudio coincide con lo que la experiencia práctica ya venía mostrando desde hace tiempo: no es el número de peleas lo que determina el peligro, sino la naturaleza, el contexto y la disposición a cruzar ciertos límites.

Una forma diferente de entender la "naturaleza humana"

Los resultados de esta investigación invitan a una mirada más matizada sobre nuestra especie. Sí, los humanos tenemos capacidad para la violencia extrema. Pero al mismo tiempo mostramos, a escala global, una enorme capacidad para la cooperación, el cuidado mutuo y el autocontrol.

La agresión en sí misma no es un enemigo unívoco. A veces protege límites o a seres queridos; otras veces escala hacia la destrucción. Comprender mejor la diferencia entre esas formas ayuda a reducir riesgos sin negar la realidad de las emociones humanas.

Quien reflexione sobre educación, enseñanza o políticas de seguridad puede extraer de este estudio una lección fundamental: no te fijes solo en con qué frecuencia chocan las personas, sino sobre todo en por qué lo hacen, en qué circunstancias y hasta dónde están dispuestas a llegar.

Author

  • Begoña Pérez, conocida popularmente como La Ordenatriz, es una experta en orden y limpieza que ha revolucionado las redes sociales en España con sus soluciones prácticas para el hogar. Madre de siete hijos, Begoña comenzó compartiendo consejos basados en su propia experiencia diaria, lo que la llevó a convertirse en una guía indispensable para miles de personas. Su especialidad son los "trucos de limpieza" imposibles: cómo quitar manchas de tinta, vino o grasa usando productos económicos y accesibles. Ha publicado libros de éxito como "Limpieza, orden y felicidad", consolidándose como la máxima autoridad en лайфхаки domésticos.

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