El paisaje lunar devastado junto a un volcán se convierte en oasis verde gracias a unos roedores

Una erupción volcánica convirtió un bosque entero en desierto estéril

Lo que comenzó como un pequeño experimento temporal tras la erupción del Monte Santa Helena en 1980 acabó transformándose en un prodigio natural que todavía hoy resulta visible. Gracias a la introducción de animales excavadores, los investigadores comprobaron cómo una tierra aparentemente muerta se convertía en un paisaje con decenas de miles de plantas, y ese efecto se ha mantenido durante más de cuarenta años.

Mayo de 1980: cuando un bosque desapareció bajo la ceniza

En mayo de 1980, el Monte Santa Helena, situado en el estado de Washington, entró en erupción de forma explosiva. Bosques enteros quedaron sepultados bajo una gruesa capa de ceniza y piedra pómez. El suelo se volvió completamente estéril: sin nutrientes, sin semillas, sin lombrices. Los ecólogos describieron ciertas zonas del área como un auténtico "paisaje lunar".

Años después de la catástrofe, la vegetación apenas regresaba. Aquí y allá aparecía alguna brizna de hierba o un arbusto aislado, pero un ecosistema funcional no llegaba a arrancar. En algunos campos de estudio, los biólogos contaban apenas un puñado de especies vegetales, una cifra extremadamente baja para una región que antes albergaba densos bosques de coníferas húmedos y repletos de vida.

Los investigadores se plantearon una pregunta fundamental: ¿cómo se puede reactivar un paisaje tan completamente destruido sin recurrir a plantaciones masivas ni a inundaciones de fertilizantes artificiales?

Un experimento con roedores excavadores que se desbordó en positivo

En 1983, los científicos apostaron por una estrategia poco convencional. Introdujeron pequeños roedores excavadores, los tuzas de bolsillo (pocket gophers), en una parte de la zona devastada. En las regiones agrícolas, estos animales suelen considerarse una plaga, ya que cavan túneles y roen raíces.

Sin embargo, ese mismo comportamiento excavador los hacía especialmente interesantes para este contexto. Al construir sus galerías subterráneas, las tuzas extraen tierra de las capas más profundas y mezclan estratos que de otro modo habrían permanecido intactos durante cientos de años.

Los investigadores esperaban, sobre todo, que los animales removieran suelo antiguo y más fértil hacia la superficie, proporcionando así el primer germen de recuperación. Lo que ocurrió después superó con creces esa modesta expectativa.

Al principio, todo parecía seguir igual. La llanura desnuda de ceniza continuaba vacía, salvo por alguna planta pionera aislada. Aun así, los científicos registraron pacientemente todos los cambios en los campos de prueba donde habitaban las tuzas, comparándolos con parcelas cercanas en las que no había ningún animal.

De casi nada a más de 40.000 plantas en apenas seis años

Seis años después, el panorama cambió de forma radical. Los campos donde las tuzas habían estado activas se habían transformado en un mosaico verde de hierbas, gramíneas y arbustos jóvenes. Los investigadores contabilizaron más de 40.000 plantas individuales.

Justo al lado se extendían las parcelas de control, que apenas habían cambiado: seguían siendo grises, vacías y prácticamente sin vegetación. El contraste se hizo tan llamativo que los científicos revisaron sus datos en varias ocasiones para descartar cualquier error.

  • Antes del experimento: aproximadamente una docena de especies vegetales en toda el área de estudio
  • Seis años tras la introducción de las tuzas: más de 40.000 plantas individuales en las parcelas tratadas
  • Parcelas cercanas no tratadas: en su mayor parte desnudas y sin apenas vida

La diferencia no residía únicamente en lo que se veía sobre la superficie. La verdadera revolución se estaba produciendo de forma invisible, dentro del propio suelo.

Un ejército invisible: bacterias y hongos como motor silencioso

Los animales excavadores no solo sacaron a la superficie tierra "antigua". En ese suelo se escondían bacterias y hongos micorrícicos: organismos microscópicos que desempeñan un papel crucial en la relación entre las plantas y el terreno que las sustenta.

Los hongos micorrícicos forman una especie de red radicular extendida que se teje como una malla por el interior del suelo. Se asocian con las raíces de las plantas y amplían su alcance, permitiendo que estas absorban más agua y nutrientes, algo especialmente valioso en lugares difíciles como los suelos volcánicos.

Sin estos hongos, muchas plantas apenas tienen posibilidades de prosperar en suelos pobres, secos o gravemente alterados. Con la red subterránea, crecen con mayor rapidez y sobreviven con mucha más facilidad.

Según un estudio publicado en Frontiers, esta red invisible no solo favoreció a hierbas y gramíneas, sino también a árboles jóvenes. Los hongos utilizaban agujas muertas y otros restos vegetales como fuente de nutrientes, que luego distribuían a través de sus filamentos hasta las raíces de las nuevas plantas.

Los árboles regresaron mucho antes de lo previsto

Los investigadores observaron que algunos árboles volvían a aparecer con una rapidez sorprendente en las zonas donde el suelo había recobrado la vida. Esto contradecía directamente los sombríos pronósticos formulados justo después de la erupción, cuando muchos ecólogos estimaban que pasarían siglos antes de que un bosque maduro pudiera establecerse de nuevo.

Las tuzas, por tanto, no se limitaron a abrir agujeros en el suelo. Abrieron literalmente la puerta a un ecosistema subterráneo completo de microorganismos que impulsó todo el proceso de recuperación posterior.

El efecto de un breve experimento persiste más de 40 años después

Quizás lo más llamativo de todo es que el experimento con las tuzas duró muy poco tiempo, pero su impacto sigue siendo claramente visible más de cuatro décadas más tarde. Las parcelas donde los animales estuvieron activos conforman hoy un retazo de paisaje vivo, rodeado de zonas que han permanecido mucho más desnudas.

Las investigaciones demuestran que las comunidades microbianas puestas en marcha en aquella época siguen funcionando plenamente. El suelo bulle de bacterias y hongos que circulan nutrientes y sostienen el crecimiento de nuevas especies.

Donde antes se extendía una monótona llanura de ceniza, hoy existe un mosaico de plantas y árboles jóvenes, impulsado por procesos que resultan completamente invisibles a simple vista.

Por contraste, las zonas cercanas que fueron taladas o intensamente perturbadas tras la catástrofe siguen sin albergar apenas vegetación. El suelo parece bloqueado: poca vida, poca estructura, pocas oportunidades para que nuevas especies logren establecerse.

Qué nos enseña esto sobre la restauración ecológica y los proyectos climáticos

Las lecciones aprendidas en el Monte Santa Helena trascienden ampliamente una sola ladera volcánica en Estados Unidos. En todo el mundo, países y regiones buscan fórmulas para recuperar naturaleza dañada: suelos agrícolas agotados, zonas mineras, bosques quemados o terrenos artificialmente ganados al mar.

Este experimento demuestra que un proyecto de restauración exitoso no consiste únicamente en plantar árboles o dispersar semillas. La comunidad subterránea, compuesta por bacterias, hongos y animales excavadores, determina en gran medida si un paisaje logra volver a la vida.

Factor Papel en la recuperación
Animales excavadores Mezclan el suelo y extraen a la superficie capas antiguas y más fértiles
Bacterias Descomponen la materia orgánica y liberan nutrientes esenciales
Hongos micorrícicos Mejoran la absorción de agua y minerales por parte de las plantas
Plantas Fijan carbono, estabilizan el suelo y proporcionan alimento a otras especies

Para los grandes proyectos de reforestación y lucha contra el cambio climático, esta conclusión puede marcar una diferencia real. Quien planta árboles jóvenes sin prestar atención al suelo y a los organismos que lo habitan corre el riesgo de que una parte significativa no prospere. Quien, en cambio, integra animales excavadores, hongos y bacterias en la planificación puede lograr un impacto duradero con intervenciones relativamente modestas.

¿Qué son exactamente los hongos micorrícicos?

Este término aparece cada vez con más frecuencia en la investigación ecológica y agrícola. Los hongos micorrícicos conviven con las raíces de las plantas en una especie de acuerdo de beneficio mutuo. La planta suministra azúcares al hongo, producidos mediante la fotosíntesis en sus hojas. El hongo, a cambio, aporta agua y nutrientes como fosfato y nitrógeno.

Muchos árboles forestales, entre ellos abetos y pinos, dependen enormemente de este tipo de hongos. Sin ellos, crecen con lentitud o permanecen raquíticos. En los bosques sanos, los filamentos fúngicos establecen incluso conexiones entre varios árboles, creando una especie de "red subterránea" a través de la cual se intercambian nutrientes y señales mediante raíces y hongos.

Después de una erupción volcánica, esa red desaparece casi por completo. El hecho de que las tuzas en el Monte Santa Helena removieran suelo antiguo que aún contenía esporas y estadios de resistencia de hongos y bacterias resultó ser, por tanto, un hallazgo de un valor extraordinario.

Lecciones prácticas para la gestión forestal y la agricultura

Procesos similares se producen también en contextos más próximos a nuestra realidad cotidiana. Gestores forestales y agricultores trabajan cada vez más con técnicas orientadas a estimular la vida del suelo. Algunos ejemplos son:

  • Reducir la profundidad de la labranza para no destruir continuamente los filamentos de los hongos
  • Dejar sobre el terreno hojarasca y ramas, de modo que los microorganismos dispongan de fuente de alimento
  • Crear pequeños rincones de vegetación densa o setos, donde animales excavadores e insectos puedan establecerse
  • Experimentar con la adición de mezclas de suelo procedentes de bosques sanos a tierras arenosas empobrecidas

El caso del Monte Santa Helena ofrece un respaldo científico sólido a esta corriente. Una única intervención bien pensada en el subsuelo puede marcar la diferencia entre un paisaje que permanece muerto durante décadas y un territorio que recupera su verdor por sí mismo.

Para las futuras generaciones de ecólogos y responsables políticos, este experimento constituye una especie de laboratorio natural. Demuestra con qué fuerza pueden recuperarse los ecosistemas en cuanto las piezas subterráneas del rompecabezas, animales, bacterias y hongos, encajan en su lugar. Y pone de manifiesto, de forma inequívoca, cuán vulnerables permanecen los territorios donde esa vida oculta nunca llega a reactivarse del todo.

Author

  • Begoña Pérez, conocida popularmente como La Ordenatriz, es una experta en orden y limpieza que ha revolucionado las redes sociales en España con sus soluciones prácticas para el hogar. Madre de siete hijos, Begoña comenzó compartiendo consejos basados en su propia experiencia diaria, lo que la llevó a convertirse en una guía indispensable para miles de personas. Su especialidad son los "trucos de limpieza" imposibles: cómo quitar manchas de tinta, vino o grasa usando productos económicos y accesibles. Ha publicado libros de éxito como "Limpieza, orden y felicidad", consolidándose como la máxima autoridad en лайфхаки domésticos.

Scroll to Top