Los conoces a los dos: el mayor que se vuelve más sereno y perspicaz con el tiempo, y ese otro que parece ponerse más rígido y amargado con cada año que pasa.
A menudo tienen una inteligencia similar y trayectorias de vida parecidas, pero sus caracteres no podrían ser más distintos. Mientras uno conserva la curiosidad y la capacidad de matizar, el otro se aferra a sus viejas convicciones y se irrita ante cualquier contraargumento. Los psicólogos lo tienen claro: la diferencia no está en la inteligencia, sino en algo mucho más incómodo: la capacidad de quedarse con los sentimientos difíciles sin salir huyendo.
Lo que los psicólogos entienden por "tolerar el malestar"
En psicología, esta habilidad se denomina "tolerancia al malestar". Hace referencia a la capacidad de soportar emociones y situaciones desagradables sin escapar de inmediato ni explotar.
No se trata únicamente de aguantar el dolor o la tristeza. Abarca también situaciones como:
- La incertidumbre: no saber cómo va a terminar algo
- La ambigüedad: no tener claro quién tiene razón
- La tensión cognitiva: darse cuenta de que tus creencias están siendo cuestionadas
Las personas con poca tolerancia al malestar buscan una salida en cuanto algo les roza. Cambian de tema, se ponen a la defensiva, se retraen o repiten su opinión con más volumen que antes. Todo con tal de no quedarse en esa sensación incómoda.
A corto plazo, evitar parece una protección. A largo plazo, cierra el camino hacia la verdadera sabiduría.
Por qué la rigidez no es simplemente una cuestión de envejecer
Mucha gente da por hecho que uno se vuelve rígido inevitablemente con la edad. El cerebro se ralentizaría, procesaría peor la información nueva y respondería con menos flexibilidad. Hay algo de verdad en eso, pero la imagen es demasiado simplista.
La investigación sobre el envejecimiento revela algo llamativo: las diferencias entre personas mayores son enormes. Un octogenario puede pensar y sentir con una agilidad sorprendente, mientras que un treintañero puede estar completamente atrapado en el pensamiento en blanco y negro. La rigidez, por tanto, no es un destino inevitable, sino más bien un hábito que se consolida a lo largo de toda la vida.
Un estudio longitudinal publicado en el Canadian Journal on Aging vinculó la rigidez social —la dificultad para adaptarse en el trato con los demás— con una peor adaptación en etapas posteriores de la vida. Las personas que no podían mostrarse flexibles en sus relaciones y situaciones sociales tenían más problemas para afrontar los cambios, las pérdidas y los contratiempos. Lo más interesante: el entrenamiento dirigido resultó útil, lo que demuestra que la rigidez puede modificarse.
La rigidez no es un castigo de carácter que te toca en suerte, sino un patrón que se va asentando durante años… y que también puede deshacerse.
La conexión entre tolerar el malestar y volverse más sabio
Entonces surge la gran pregunta: ¿qué hace que algunas personas sigan creciendo por dentro mientras otras se endurecen? Cada vez más estudios apuntan en la misma dirección: quienes toleran mejor la incertidumbre y la ambigüedad tienden a desarrollar mayor sabiduría.
Un estudio de 2025 publicado en Personality and Individual Differences mostró que las personas que manejaban bien la ambigüedad obtenían puntuaciones más altas en las escalas de medición de la sabiduría. Y ese efecto se mantuvo incluso después de controlar factores como la inteligencia, el nivel educativo y otros elementos.
Y tiene mucho sentido. La sabiduría no equivale a acumular hechos. Una persona sabia puede actuar en situaciones donde no existe un bien o un mal definidos, donde varias verdades coexisten y donde gente razonable sigue sin ponerse de acuerdo. Eso exige un espacio interior capaz de albergar la duda y la tensión.
Una revisión publicada en Frontiers in Aging Neuroscience describió varios componentes fundamentales de la sabiduría. Tres destacaron especialmente:
- Equilibrio emocional: ser capaz de sentir sin verse desbordado
- Autorreflexión: atreverse a mirar con honestidad los propios motivos y errores
- Manejo de la incertidumbre: no desmoronarse cuando la vida no ofrece una respuesta clara
Todos esos componentes requieren práctica con el malestar. No puedes mirarte con honestidad si rechazas cada percepción dolorosa en cuanto aparece. No alcanzas la estabilidad emocional si durante años has evitado sistemáticamente los sentimientos difíciles.
La trampa de la evasión que frena el crecimiento
Muchos comportamientos que alivian a corto plazo funcionan como un freno a largo plazo. Las investigaciones sobre tolerancia al malestar muestran repetidamente que quienes soportan mal la inquietud interior recurren antes a estrategias poco útiles: evitar, reprimir, rumiar sin fin, el alcohol o los estallidos de ira.
Esas estrategias dan algo de alivio momentáneo, pero no resuelven el malestar de fondo. Es más: se acumula. La presión en la olla aumenta mientras la persona se va habituando cada vez menos a la sensación de tensión. La tolerancia se reduce, no crece.
A eso se suma otro factor. Muchas personas construyen a lo largo de su vida una identidad basada en la certeza: querer tener siempre razón, no dudar nunca, ver las opiniones como verdades inamovibles. Eso genera una sensación de control. Pero mantener esa imagen cuesta una energía enorme cuando la vida no sigue ese guion.
Cuanto mayor se hace alguien, más choques se producen entre la ilusión de una certeza absoluta y la realidad desordenada.
Quien ha practicado más el "no saber" tiene mucho menos que defender. Puede decir con tranquilidad: "Siempre lo había visto así, pero quizás me equivoco." Eso no se siente como un fracaso, sino como parte de la madurez.
No el más tranquilo de la sala, sino el más presente
Un matiz importante: las personas con alta tolerancia al malestar no son necesariamente las más calmadas o suaves. Pueden ser temperamentales, debatir con energía y marcar límites claros. La sabiduría se parece menos a una serenidad zen y más a atreverse a estar completamente presente, incluso cuando eso resulta incómodo.
La diferencia está en lo que ocurre cuando algo roza. El mayor sabio no se cierra de golpe ante información que le interpela. Escucha, reflexiona y quizás responde un día después. Quien tiene dificultades con el malestar reacciona más deprisa con defensas, cinismo o enfado.
Los psicólogos describen un paso sencillo pero difícil en este proceso: notar el malestar antes de actuar. No mandar un mensaje de inmediato, no gritar, no beber, no marcharse corriendo, sino quedarse quince segundos sintiendo conscientemente lo que está pasando. Ese pequeño instante abre justo el espacio necesario para una respuesta distinta.
La tolerancia al malestar se puede entrenar
Buena noticia: esta capacidad no viene fijada de fábrica. Una gran revisión de más de cien investigaciones demuestra que puede entrenarse. Una menor intolerancia al malestar está asociada a mayor flexibilidad psicológica, es decir, la capacidad de ver las situaciones desde varios ángulos y responder de forma más consciente.
Terapias como el entrenamiento en mindfulness, la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) y la Terapia Dialéctico Conductual (TDC) muestran efectos claros en esas investigaciones. El hilo conductor: aprendes a observar, aceptar y tolerar pensamientos y emociones desagradables, en lugar de combatirlos de inmediato o huir de ellos.
Y no hace falta hacerlo siempre en consulta. Pequeños ejercicios cotidianos ya ayudan. Por ejemplo:
- En una conversación tensa, escuchar conscientemente diez segundos más de lo habitual sin interrumpir.
- Ante una opinión propia muy arraigada, preguntarse: "¿Qué evidencia me haría cambiar de idea?"
- No tomar una decisión difícil de inmediato, sino dejar que la incertidumbre exista durante un día entero sin hacer listas, pedir consejos ni buscar respuestas sin parar.
- Localizar una sensación incómoda en el cuerpo —un nudo en el estómago, tensión en los hombros— y quedarse con ella un minuto, con atención plena y sin distracciones.
Parecen momentos insignificantes, pero construyen algo que más adelante necesitarás con urgencia: la confianza de que puedes sobrevivir a un sentimiento incómodo sin tener que hacer algo con él de inmediato.
Qué significa esto para la educación, el trabajo y las relaciones
Estas ideas van más allá del crecimiento personal. En familias donde los niños nunca se enfrentan a la frustración o la decepción, aprenden peor que los sentimientos desagradables pasan. Ofrecer siempre distracción, consuelo o soluciones puede convertirse en una trampa bienintencionada.
En el entorno laboral se repite el mismo patrón. Los equipos donde se aplasta cualquier desacuerdo desde el principio suelen generar ideas de menor calidad. Una reunión en la que hay tensión —donde alguien va contra la corriente y los demás se sienten incómodos— puede ser muy fructífera si las personas saben sostener ese malestar sin destruirse entre sí.
En las relaciones, esta capacidad quizás juegue el papel más importante de todos. Las parejas que quieren resolver o evitar cualquier conflicto de inmediato suelen acabar atascadas. Aquellas que pueden dejar que una discusión o una tensión existan un momento, sin necesidad de señalar a un ganador ni a un perdedor, tienen más posibilidades de crecer juntas en sabiduría en lugar de en amargura.
Herramientas prácticas para entrenar tu propio "músculo de la sabiduría"
Quien quiera reforzar esto en sí mismo puede empezar poco a poco. Algunos ajustes sencillos para el día a día:
| Situación | Reacción automática | Alternativa que entrena el malestar |
|---|---|---|
| Alguien critica tu opinión en internet | Responder de golpe o bloquear | Leer primero, respirar tres veces y preguntarse: "¿Puede que esta persona tenga razón en algo?" |
| Incertidumbre en el trabajo por una reorganización | Idear escenarios sin parar, quejarse, cotillear | Reservar cada día un momento para reconocer: "No lo sé", y luego hacer algo sobre lo que sí tienes influencia |
| Conversación difícil con tu pareja | Cortar ("déjalo") o escalar | Escuchar cinco minutos sin defenderse y responder solo después |
Quien mantiene este tipo de pequeños experimentos va construyendo una resiliencia interior que con los años se vuelve cada vez más valiosa. Facilita cambiar de opinión, pedir perdón, poner límites y seguir siendo amable al mismo tiempo.
Esta habilidad también influye directamente en la salud mental. Las personas con mayor capacidad para tolerar la tensión interior recurren menos a sustancias o patrones destructivos para escapar de sus emociones. Reconocen las señales antes y buscan ayuda con más facilidad, precisamente porque el malestar no les resulta de inmediato insoportable.
Al final, las personas que realmente se vuelven más sabias con los años no son las que tienen el coeficiente intelectual más alto, sino aquellas que se permiten una y otra vez sentir algo profundamente humano: incomodidad, duda, vergüenza, tristeza. Y que tienen el valor de quedarse con eso un momento, en lugar de salir corriendo a buscar el botón de apagado.













