Cinco años viviendo en un coche aparcado frente a un centro comercial
Desde hace cinco años, un pequeño coche permanece estacionado en el aparcamiento de un centro comercial francés. Dentro duerme cada noche un jubilado de 75 años. Su historia combina dignidad, resistencia y una soledad que muchos prefieren no ver.
Este hombre, que durante años trabajó para la aerolínea Air France, perdió su vivienda a raíz de una disputa familiar por una herencia. Desde entonces sobrevive en ese aparcamiento con una modesta pensión y una salud cada vez más frágil.
De una casa con jardín a vivir en el asiento trasero
Durante mucho tiempo, este jubilado —llamado Roger en la prensa francesa— llevó una vida bastante ordinaria. Alquilaba una pequeña vivienda con jardín en el departamento de Loiret por 480 euros al mes, una cantidad que su pensión aún podía cubrir.
Todo cambió cuando el propietario decidió vender el inmueble. Roger no tenía ahorros suficientes para comprarlo y tuvo que marcharse. Al no encontrar vivienda de protección oficial, se fue a vivir con su madre, ya muy anciana, en L'Haÿ-les-Roses, al sur de París.
Pero tampoco aquello funcionó. En el seno de la familia surgieron tensiones por la herencia de la madre. La situación se fue deteriorando hasta el punto de que, según relata el propio Roger, sus propios hijos le pidieron que abandonara la vivienda. Sin domicilio fijo, sin red de apoyo y con escasos recursos económicos, acabó instalándose en su coche.
Por qué eligió precisamente ese aparcamiento
Roger no escogió ese lugar al azar. El aparcamiento del gran centro comercial de Thiais le resultaba familiar desde su inauguración en 1971, y lo considera más seguro que la calle o un polígono industrial alejado.
- Hay movimiento constante: clientes, personal de seguridad, empleados.
- Puede hacer la compra en el supermercado del recinto.
- En una cadena de restaurantes del centro calienta sus comidas.
- Conoce el lugar a la perfección: sus rutinas, sus horas tranquilas y las de mayor afluencia.
"Todo el mundo me conoce aquí", explicó a la prensa francesa. "Me comporto con discreción, no busco problemas." Su coche hace las veces de dormitorio, de salón y, en cierto modo, de último espacio propio. El asiento trasero es su cama, una bolsa con ropa ocupa el maletero y guarda los alimentos en bolsas y cajas sencillas.
Sobrevivir con una pequeña pensión sin perspectiva de vivienda
Según Roger, el ayuntamiento de su antiguo municipio intentó ayudarle a encontrar alojamiento. Sin embargo, los precios del alquiler en París y su área metropolitana han subido tanto que un pensionista con ingresos modestos difícilmente puede acceder al mercado privado.
Las listas de espera para vivienda social son interminables, y los propietarios particulares suelen exigir unos ingresos que la mayoría de los jubilados no pueden acreditar. Tras innumerables decepciones, Roger dejó de buscar activamente.
Tiene la sensación de que el mercado inmobiliario le ha dejado atrás, mientras él permanece literalmente parado en un aparcamiento.
Aun así, conserva un sueño. Cuando imagina una vida mejor, no piensa en una casa grande, sino en algo mucho más humilde: una autocaravana.
"Si gano la lotería, me compro una autocaravana"
Roger reconoce que de vez en cuando participa en la lotería. Su mayor deseo es claro: una pequeña autocaravana o furgoneta donde poder dormir tumbado de verdad, con una ducha y un baño propios. Sin lujos, sin mansiones, solo un espacio móvil y digno.
En sus propias palabras: si algún día la suerte le sonríe, lo primero que hará será comprar una autocaravana, "para poder dormir por fin en una cama de verdad". Su sueño revela hasta qué punto han cambiado sus expectativas: mientras otros fantasean con viajes exóticos tras jubilarse, él solo anhela un lugar decente donde descansar.
Cinco años durmiendo en un coche están pasando factura a su salud
Vivir en un automóvil durante cinco años no es ninguna aventura romántica. Es físicamente agotador, especialmente cuando se superan los setenta años.
Roger cuenta que hay días en los que no arranca el motor. Eso significa quedarse sin calefacción en invierno y sin posibilidad de cargar el teléfono o escuchar la radio. Tiene que cuidar la batería, la gasolina es cara y no quiere llamar la atención dejando el motor encendido durante horas.
Tras años durmiendo en una postura forzada sobre el asiento trasero, arrastra varios problemas de salud:
- Una pierna muy inflamada con la piel enrojecida.
- Defensas bajas tras una infección vírica que le impidió comer con normalidad durante semanas.
- Problemas de visión por degeneración macular asociada a la edad (forma seca), diagnosticada por un médico de Cruz Roja.
- Debilitamiento general causado por el mal descanso, el estrés crónico y una alimentación irregular.
Un médico de Cruz Roja le visitó directamente en el aparcamiento y relacionó sus problemas oculares con el deterioro de la retina propio del envejecimiento. La combinación de visión reducida, movilidad limitada y ausencia de vivienda lo sitúa en una posición especialmente vulnerable.
Entre el horno del verano y el congelador del invierno
Un coche se convierte en un horno en verano y en un frigorífico en invierno. Roger explica que el pasado verano la temperatura interior del vehículo alcanzó sensaciones térmicas cercanas a los 50 grados. Abrir las ventanas supone riesgo de robo, mosquitos y ruido. Cerrarlas implica sudoración extrema y deshidratación.
En invierno arranca el motor unos minutos para calentar el habitáculo, pero no puede permitirse hacerlo durante mucho tiempo. Las mantas extra y la ropa de abrigo frenan el frío más intenso, aunque las noches siguen siendo un suplicio. A su edad, la hipotermia es una amenaza real con consecuencias directas para el corazón y la circulación.
Una historia individual que refleja un problema colectivo
La situación de Roger no es un caso aislado. En Francia, pero también en España y otros países europeos, cada vez más personas mayores se encuentran en situación de precariedad habitacional. Las pensiones no siempre crecen al mismo ritmo que los alquileres o los precios de compra, y las listas de espera para vivienda social están saturadas.
Los mayores vulnerables pueden quedar atrapados en el vacío por una combinación de factores:
| Factor | Consecuencia para las personas mayores vulnerables |
|---|---|
| Subida de los alquileres | Menos opciones asequibles tras un divorcio o la muerte de la pareja |
| Conflictos familiares | Riesgo de perder el alojamiento temporal ofrecido por familiares |
| Problemas de salud | Mayor dificultad para mudarse o gestionar trámites administrativos |
| Falta de apoyo social | Nadie interviene antes de que la persona acabe en la calle |
En muchos municipios, organizaciones de ayuda y administraciones locales colaboran para localizar a personas mayores sin hogar, pero no todas resultan visibles de inmediato. Quien dispone de un coche parece, a primera vista, menos desprotegido que alguien durmiendo en un banco del parque. La realidad que se esconde tras una ventanilla empañada suele pasar desapercibida.
Cuanto más tiempo pasa, más difícil es el camino de vuelta
Para personas como Roger, el tiempo juega en contra. Cuanto más tiempo se lleva viviendo en un coche o en un alojamiento provisional, más problemas se acumulan: dolencias físicas, deudas, aislamiento social y pérdida de contacto con los organismos de ayuda.
Los profesionales que trabajan con este colectivo subrayan que la intervención temprana es fundamental. Señales como un vehículo aparcado en el mismo lugar durante meses, una persona mayor que pasa largas horas en centros comerciales o que duerme habitualmente en su coche en el mismo sitio pueden ser motivo suficiente para que vecinos o personal de seguridad contacten con los servicios sociales.
Para la persona afectada, esa llamada puede sentirse como una intromisión. Pero también puede ser el primer paso hacia atención médica, un programa de vivienda tutelada o, al menos, un lugar cálido con servicios básicos y contacto humano.
Lo que esta historia dice sobre envejecer con dignidad
El contraste resulta difícil de ignorar: décadas de trabajo en una gran aerolínea internacional y la vejez transcurriendo en un aparcamiento. Muchos lectores se preguntan, ante historias así, qué pueden hacer si alguien de su entorno se encuentra en una situación similar.
Desde un punto de vista práctico, hablar con anticipación sobre vivienda y cuidados en la vejez marca una diferencia enorme: con la familia, con el médico de cabecera, con el trabajador social del barrio o con asociaciones de mayores. Una mudanza planificada a tiempo a una vivienda más pequeña y asequible puede evitar un desalojo forzoso en edades avanzadas. Acordar de antemano cuestiones de herencia y copropiedad reduce el riesgo de que los conflictos familiares lleguen a extremos.
Para quienes ya se encuentran en una situación precaria, los pequeños gestos importan mucho: una comida caliente, ayuda para rellenar formularios, acompañar a alguien a una cita con los servicios municipales o simplemente preguntar con regularidad cómo está. No siempre basta para resolver el problema, pero nadie debería pasar sus últimos años en el asiento trasero de un coche, en un aparcamiento frío y olvidado.













