Un debate eterno con nueva evidencia: ¿qué dice la investigación?
Un reciente estudio británico ha vuelto a encender la polémica sobre si dejar llorar a los bebés es perjudicial o no. Según sus autores, la respuesta de los padres ante el llanto —inmediata o retardada— apenas influiría en el desarrollo emocional del niño. Sin embargo, otros expertos han reaccionado con dureza, advirtiendo que las conclusiones son demasiado tajantes para un tema tan delicado.
El método "cry it out" y lo que encontraron los investigadores
El debate gira en torno a la conocida técnica de dejar llorar al bebé, con la que muchos padres intentan que el niño aprenda a dormirse solo. Este enfoque lleva décadas generando opiniones encontradas y emociones muy intensas.
Los psicólogos británicos Ayten Bilgin y Dieter Wolke, de la Universidad de Warwick, siguieron a 178 bebés desde su nacimiento hasta el año y medio de vida. Su objetivo era determinar si los niños que lloraban más tiempo antes de ser consolados desarrollaban posteriormente más problemas conductuales o emocionales, o si establecían un vínculo menos seguro con sus progenitores.
Sus conclusiones, publicadas en 2020 en una revista científica internacional, resultaron llamativas: en ese grupo de niños no encontraron evidencia de que dejar llorar al bebé fuera perjudicial para:
- La calidad del vínculo afectivo entre padres e hijo
- Problemas de conducta posteriores, como irritabilidad excesiva o agresividad
- Dificultades emocionales, como ansiedad o comportamiento retraído
El estudio sugiere que el llanto controlado no conduce automáticamente a un apego inseguro ni a una pérdida de confianza en el entorno.
Para muchos padres, esto suena casi como un alivio: quizás esas noches de protesta no son inmediatamente traumáticas. Pero otros investigadores advierten que la realidad es bastante más compleja.
Por qué tantos expertos cuestionan duramente este estudio
En 2021, en la misma revista científica, las psicólogas del desarrollo Elisabeth Davis y Karen Kramer publicaron una réplica extensa y crítica, poniendo en entredicho tanto el diseño como la ejecución de la investigación.
¿Demasiado pocos niños para detectar daños sutiles?
Su primer argumento es contundente: 178 bebés resultan insuficientes para detectar efectos negativos pequeños pero significativos. Si dejar llorar perjudica aunque sea a una minoría de los niños, ese impacto puede diluirse fácilmente en los promedios de una muestra tan reducida.
En estudios sobre temas tan sensibles, lo habitual es realizar previamente un análisis de potencia estadística, es decir, un cálculo que determina cuántos participantes se necesitan para extraer conclusiones fiables. Según las críticas, esa base metodológica sólida brilla por su ausencia en esta investigación.
¿Qué significa exactamente "dejar llorar"?
Un segundo problema reside en la propia definición del método. Los investigadores preguntaron a los padres si alguna vez dejaban llorar a su bebé para ayudarlo a dormirse, pero sin establecer criterios claros:
- Sin duración estándar: ¿un minuto o media hora?
- Sin frecuencia definida: ¿una vez por semana o cada noche?
- Sin distinción clara entre el llanto diurno y el nocturno
Esto significa que en la misma categoría pueden coincidir padres que dejan al bebé quejarse tres minutos y padres que lo dejan llorar mucho más tiempo. Una dispersión tan amplia hace que los resultados sean muy difíciles de interpretar con precisión.
Si no se delimita con claridad en qué consiste exactamente un método, resulta casi imposible establecer comparaciones justas y fiables.
En contradicción con investigaciones clásicas sobre el apego
Los resultados del estudio británico chocan frontalmente con investigaciones anteriores, pero muy influyentes, sobre el vínculo afectivo. Ya en los años setenta, psicólogos como Silvia Bell y Mary Ainsworth demostraron que los bebés de madres que respondían rápidamente a su llanto eran, años después, más tranquilos, lloraban menos y parecían mostrar un apego más seguro.
El nuevo estudio pone en entredicho esa imagen sin explicar convincentemente, según sus críticos, por qué sus resultados difieren tanto. El temor es que los padres extraigan del estudio británico la conclusión de que dejar llorar "no hace daño", cuando la comunidad científica está lejos de ser unánime en ese punto.
Padres atrapados entre la culpa, el agotamiento y los consejos contradictorios
Mientras tanto, los padres jóvenes se enfrentan a un problema muy concreto: mañana tienen que seguir funcionando. El trabajo, otros hijos, las tareas del hogar… todo sigue adelante mientras las noches se fragmentan en pedazos.
Desde la psicología del apego se lleva décadas insistiendo en el mismo mensaje: responde de forma cálida y rápida. Ese comportamiento sentaría las bases del sentido de seguridad, la confianza en el mundo y una mayor estabilidad emocional en el futuro.
Frente a este enfoque aparecen los métodos conductuales de sueño, popularizados a través de libros y especialistas en sueño infantil. Estos prometen que los bebés aprenden a dormir de un tirón en pocos días o semanas si los padres son consistentes en su actuación, por ejemplo, interviniendo cada vez un poco más tarde.
Para muchos padres, la situación se siente como tener que elegir entre su propio descanso nocturno y la seguridad emocional de su hijo.
La presión social no lo pone más fácil. Si dejas llorar a tu bebé, hay quien te tachará de desalmado. Si acudes a la habitación al menor sonido, otros te considerarán demasiado permisivo o te advertirán de que el niño "te tomará el mando de la casa".
Lo que sí sabemos con certeza sobre los bebés y el llanto
El llanto es el único medio de comunicación disponible
Los bebés aún no saben hablar. El llanto es su sistema de alarma para expresar hambre, dolor, susto, el pañal mojado o simplemente la necesidad de cercanía. Diversas investigaciones muestran que los bebés pequeños no lloran menos cuando los padres los ignoran deliberadamente. Lo que suele cambiar es únicamente la forma en que los padres perciben esa situación.
También se ha comprobado que los bebés presentan grandes diferencias de temperamento. Algunos duermen bloques razonables a las pocas semanas, mientras que otros necesitan ayuda durante meses o incluso más tiempo. Eso no refleja necesariamente nada sobre la crianza ni sobre el vínculo afectivo.
Algunas pautas prácticas que pueden orientar
- Observa el conjunto de la situación. Un bebé que durante el día sonríe, busca contacto y se deja consolar suele mostrar un vínculo saludable, aunque llore por las noches.
- Respeta tus propios límites. Un padre o madre completamente agotado puede responder con menos sensibilidad. En ese contexto, el entrenamiento del sueño puede ser una herramienta útil para evitar la sobrecarga.
- Distingue entre protesta y pánico. Un quejido breve suena muy distinto a un llanto desesperado de dolor o miedo. Ante esto último, responder rápido es lo más sensato.
- Ten cuidado con las rutinas rígidas. Un método que funciona a la perfección con un niño puede alterar profundamente a otro.
Por qué la ciencia sigue tan dividida en este tema
Incluso la propia autora principal del estudio británico, Ayten Bilgin, reconoce que el conocimiento actual no ofrece una respuesta definitiva. Ella misma aboga por investigaciones amplias y prolongadas con miles de niños, en las que se registre con precisión qué método de sueño se utilizó exactamente, con qué frecuencia y durante cuánto tiempo.
También pide que se establezca una distinción clara entre el llanto diurno y el nocturno, y entre el llanto de protesta breve y el malestar prolongado e intenso. Actualmente, todas estas situaciones suelen mezclarse en una misma categoría, lo que enturbia los resultados de forma considerable.
De momento, la ciencia sigue planteando más preguntas que respuestas. Eso significa que no existe ningún estándar universal que funcione para todas las familias por igual.
Cómo pueden los padres encontrar su propio camino
Para quienes viven inmersos en noches rotas, un enfoque equilibrado puede resultar de gran ayuda. No es necesario calmar cada lágrima de inmediato, pero dejar que el bebé esté angustiado durante mucho tiempo sin recibir consuelo no les parece bien a muchos padres, y con razón. Algunas familias funcionan muy bien con una forma suave de entrenamiento del sueño, en la que los padres esperan cada vez un poco más, pero siguen haciendo saber a su hijo que están presentes.
Otros optan por la máxima cercanía: colecho, lactancia materna a demanda y acudir rápidamente ante cualquier llanto. Con este enfoque, los niños también pueden aprender a dormir solos con el tiempo y desarrollar un apego seguro. El nivel de estrés de los padres, el apoyo del entorno y unas expectativas realistas parecen tener un peso al menos igual de importante que el método concreto que se utilice.
Quien tenga dudas puede hablar de su situación particular con el pediatra, el médico de familia o un psicólogo infantil. Factores como la prematuridad, el reflujo, una enfermedad crónica o síntomas de depresión en uno de los progenitores pueden hacer que ciertos métodos sean menos adecuados. De este modo, la decisión de dejar llorar o no al bebé deja de ser un dogma y se convierte en una elección reflexiva que se adapta tanto al niño como a sus padres.













