Por qué los niños de los años 60 y 70 se volvieron increíblemente resistentes

Muchos cincuentones y sesentones lo reconocen de inmediato: días enteros en la calle, sin apenas vigilancia adulta y, aun así, con una vida bien encaminada.

Los psicólogos se fijan cada vez más en aquella infancia más libre. No por nostalgia, sino porque esa forma de crecer parece haber dejado una huella notable: una generación capaz de aguantar golpes emocionales duros, aunque no siempre sin coste personal.

Correr por el barrio sin smartphone: así crecían los niños de entonces

Quien fue niño en los años 60 o 70 recuerda, sobre todo, libertad. Después de comer, puerta y calle, volver al caer la noche y, mientras tanto, apañárselas solo. Sin teléfonos móviles, sin localización GPS, sin agenda repleta de actividades extraescolares.

Los críos vagaban con sus amigos por el vecindario, inventaban sus propios juegos, resolvían peleas entre ellos y se entretenían durante horas sin que ningún adulto interviniera. Los padres tenían, sencillamente, otras preocupaciones: el trabajo, el hogar, varios hijos a los que atender. Mientras no acabaras en urgencias, todo iba bien.

Esa combinación de libertad, cierto caos y falta de supervisión obligaba a los niños a buscar soluciones por sí mismos, aprender sus límites y calibrar los riesgos.

Según investigaciones psicológicas, ese juego libre al aire libre contribuía a desarrollar:

  • Resiliencia emocional: aprender a gestionar decepciones, dolor y conflictos
  • Autonomía: tomar decisiones sin depender de un adulto en cada momento
  • Capacidad de resolución de problemas: encontrar soluciones cuando algo salía mal
  • Percepción del riesgo: distinguir lo que era emocionante de lo que era verdaderamente peligroso

"Dejarles hacer" como estilo educativo: una especie de abandono relajado

En psicología se habla de «crianza que fomenta la autonomía»: padres que no están encima de todo, sino que dan espacio a sus hijos para experimentar por su cuenta. En la práctica, durante los años 60 y 70, aquello se parecía mucho a lo que después se llamó con cierto humor «negligencia benevolente».

No porque los padres siguieran ningún método educativo sofisticado, sino porque la vida era ajetreada y, a veces, bastante dura. Nadie se preguntaba si su hijo estaba «desarrollando todo su potencial». El listón era mucho más sencillo: que estuviera sano, que no hubiera demasiada sangre de por medio y que llegara a la mesa a la hora.

Esa forma de crianza significaba que los niños resolvían muchas cosas solos: una pelea con el vecino, una caída en bicicleta, el aburrimiento de una tarde lluviosa interminable. No había nadie que lo gestionara por ellos.

Al cometer errores, sufrir pequeños accidentes y aburrirse a veces de verdad, los niños entrenaban sin saberlo su capacidad para tolerar la tensión y la frustración.

Jugar sin adultos: aprender a base de tropezar y levantarse

El juego libre no era una actividad organizada; era la norma. Los niños inventaban sus propias reglas, decidían quién participaba y quién no, y hacían de árbitros cuando surgía un conflicto. Si alguien no estaba de acuerdo, podía irse a su casa.

En muchos barrios, los críos construían cabañas, balsas y estructuras de lo más peligrosas con tablones y piedras. Las herramientas salían del taller del padre y los materiales, de las obras cercanas. A veces, claro, las cosas se torcían: un brazo roto, un buen corte en la cabeza, una rodilla destrozada.

¿Era seguro? No siempre, desde luego. Sin embargo, precisamente por eso los niños desarrollaban un mejor instinto frente al peligro. Aprendían cuándo convenía dar un paso atrás, cómo colaborar para construir algo más sólido y cómo seguir adelante cuando algo se derrumbaba, en sentido literal y figurado.

La otra cara de la moneda: caparazón duro, interior vulnerable

Los investigadores observan que aquella generación desarrolló con frecuencia una gran fortaleza psicológica: perseverancia, un umbral de dolor elevado e independencia extrema. Eso encajaba con una época en la que las emociones no se ventilaban fácilmente, sobre todo entre los hombres.

Muchas personas que crecieron entonces nunca oyeron a sus padres decirles explícitamente que les querían. Los sentimientos no se comentaban; uno trabajaba y cumplía con su obligación. La tristeza, el miedo o la duda se guardaban para uno mismo o se ahogaban en la mesa de la cocina.

Las mismas experiencias que forjaron esa resiliencia también podían hacer que las personas aprendieran mal a reconocer y expresar sus propias emociones.

Estudios científicos asocian ese modelo de crianza con rasgos como:

  • Mentalidad de «yo me lo resuelvo solo», con dificultad para pedir ayuda
  • Tendencia a suprimir las emociones o a racionalizarlas en exceso
  • Fuerte sentido de la responsabilidad, a veces hasta el agotamiento
  • Dificultad para mostrarse vulnerable en las relaciones personales

Esas estrategias funcionaban perfectamente en un entorno bastante duro, pero con el tiempo pueden generar soledad, estrés crónico o problemas para la intimidad.

Madurar antes de tiempo: trabajar joven, responsabilizarse pronto

En muchos países, durante los años 70, la frontera entre infancia y edad adulta se fue desplazando. De forma oficial, porque bajó la mayoría de edad legal. Y de forma práctica, porque los jóvenes empezaban a trabajar muy pronto.

Los trabajos a tiempo parcial no eran para «ganar experiencia para el currículum», sino simplemente para llevar dinero a casa. Chicos de catorce o quince años echaban una mano en la tienda, en el campo, en la construcción o en la fábrica. A nadie le preguntaban si estaban emocionalmente preparados para ello.

Esa responsabilidad temprana reforzaba la idea de que uno tenía que valerse por sí mismo. Los errores tenían consecuencias directas: físicas, económicas o para el ambiente en casa. Eso endurecía el carácter, pero también lo hacía más rígido.

Lo que hoy nos falta — y lo que desde luego no queremos recuperar

La investigación muestra una tendencia llamativa: a medida que el juego libre sin supervisión fue disminuyendo, los trastornos de ansiedad y depresión infantil fueron aumentando. Cada vez más actividades están organizadas, con adultos presentes, dentro de espacios seguros y controlados.

La sobreprotección no siempre evita los problemas. Puede hacer que los niños tengan menos oportunidades de conocer sus propios límites, de superar pequeños contratiempos o de tomar decisiones de forma autónoma.

Un niño que nunca fracasa no aprende a reponerse. Un niño que nunca juega solo aprende menos a confiar en sí mismo.

Dicho esto, nadie debería añorar situaciones de peligro real, trabajo infantil duro o frialdad emocional. Muchas personas de aquella época cargan con recuerdos dolorosos: falta de atención parental, demasiadas responsabilidades a muy corta edad, vergüenza alrededor de los sentimientos.

Entre el padre helicóptero y el "apáñatelas solo"

Los psicólogos señalan un camino intermedio entre el control férreo y el abandono total. Los niños necesitan espacio para experimentar por su cuenta, pero también una base segura a la que volver.

Algunos elementos de ese enfoque equilibrado serían:

  • Permitir riesgos pequeños y manejables (subir a árboles, ir solo al colegio en bicicleta)
  • Hablar después de lo que resultó difícil o emocionante, en lugar de dirigirlo todo de antemano
  • Dejar que los niños intenten resolver los conflictos primero por su cuenta, e intervenir solo si es necesario
  • Tomar en serio las emociones, sin eliminar cada incomodidad de forma inmediata

Esa combinación parece ofrecer lo mejor de dos mundos: la fortaleza y la autonomía de la generación de los años 60 y 70, junto con mayor seguridad emocional y libertad para poner los sentimientos en palabras.

Lo que los padres de hoy pueden aprender de aquella época

Quien cría hijos ahora vive en una realidad distinta: más tráfico, redes sociales, otros tipos de riesgo. Aun así, hay lecciones valiosas que rescatar de aquella infancia más libre.

Algunos ejemplos concretos:

Antes Lo que podrías hacer ahora
Los niños juegan horas fuera sin que nadie les supervise «Tiempo de juego libre» en el barrio con límites claros, pero sin interferencia continua
Caerse, levantarse y seguir, con poco consuelo Primero consolar, luego hablar juntos de qué se podría hacer diferente la próxima vez
Trabajar pronto por necesidad Dar responsabilidades reales en casa: cocinar, hacer recados, cuidar de algo con impacto verdadero
Sobre las emociones, silencio Nombrar los sentimientos sin drama: «estás frustrado ahora mismo, es normal, ¿qué te ayudaría?»

Quien creció en los años 60 o 70 suele notar todavía hoy que le cuesta pedir ayuda o poner límites. No es casualidad. Son estrategias de supervivencia aprendidas en una época en la que «tú puedes solo» era la norma.

Entender eso puede ayudar a gestionar mejor el estrés y las relaciones. Y a decirle a los propios hijos o nietos, con más frecuencia: «Inténtalo tú primero» — pero también: «Si no puedes, aquí estoy.» Esa combinación faltó mucho en aquella época, y es precisamente la que marca la diferencia hoy.

Author

  • Begoña Pérez, conocida popularmente como La Ordenatriz, es una experta en orden y limpieza que ha revolucionado las redes sociales en España con sus soluciones prácticas para el hogar. Madre de siete hijos, Begoña comenzó compartiendo consejos basados en su propia experiencia diaria, lo que la llevó a convertirse en una guía indispensable para miles de personas. Su especialidad son los "trucos de limpieza" imposibles: cómo quitar manchas de tinta, vino o grasa usando productos económicos y accesibles. Ha publicado libros de éxito como "Limpieza, orden y felicidad", consolidándose como la máxima autoridad en лайфхаки domésticos.

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