Por qué tantos cazadores cuelgan el rifle en las ramas

Una decisión que cada vez toman más cazadores

Muchos cazadores lo dejaron después de haberse iniciado con plena convicción. No fue una decisión tomada a la ligera, ni respondió a una sola causa. Una amplia encuesta realizada entre excazadores revela que detrás del abandono se esconde una suma de factores: dinero, tiempo, normativa, naturaleza y circunstancias personales.

Lo que subyace a las cifras decrecientes de licencias es toda una generación que se pregunta si merece la pena seguir invirtiendo energía, dinero y horas en esta actividad.

El dinero se convierte en el mayor obstáculo

La encuesta, realizada entre más de nueve mil excazadores, señala una y otra vez el mismo factor: el coste económico. La suma total de gastos sorprende a quienes empezaron con ilusión y sin calcular bien las cifras.

Para el 28 por ciento de los excazadores, la factura total de la caza se ha vuelto sencillamente inasumible.

No se trata de un único gasto, sino de todo un conjunto de partidas que se acumulan:

  • Licencias y cuotas a asociaciones de cazadores
  • Seguros especializados de responsabilidad civil
  • Armas, munición y mantenimiento periódico
  • Ropa técnica y calzado adecuado para cada temporada
  • Aportaciones para participar en cotos o sociedades de caza
  • Desplazamientos a zonas de caza frecuentemente alejadas

Entre quienes aprobaron el examen de caza pero nunca solicitaron la licencia correspondiente, el dinero sigue siendo el freno principal. Casi la mitad reconoció que la práctica real resultó mucho más cara de lo esperado. Quien imaginaba alguna mañana esporádica en el campo acaba enfrentándose a una factura anual que pesa igual que el recibo de la luz, la hipoteca y la compra semanal juntos.

La salud y la edad pesan cada vez más

Cazar exige más del cuerpo de lo que cualquier observador externo podría imaginar. Jornadas largas caminando, terrenos difíciles, frío, lluvia y a veces horas de espera inmóvil. Para muchos cazadores de cierta edad llega un momento en que el cuerpo simplemente no da más.

Más de un cuarto de los cazadores que lo dejaron señala problemas de salud y limitaciones físicas como razón principal. Las rodillas desgastadas, una espalda deteriorada, problemas cardíacos o simplemente menor resistencia hacen que resulte difícil seguir el ritmo de un grupo con seguridad y responsabilidad.

A esto se suma que las normas de seguridad se han vuelto más estrictas. Quien ve o escucha peor se siente menos seguro en una cuadrilla con armas de fuego. Muchos optan conscientemente por retirarse antes de que ocurra un accidente.

Menos caza, menos motivación

Otro motivo recurrente es la evidente disminución de la caza menor. Para uno de cada cuatro excazadores, el empobrecimiento del campo en cuanto a fauna cinegética fue el detonante directo para abandonar la actividad.

Cuando una temporada de caza se convierte principalmente en esperar sin llegar a ver nunca una liebre, un faisán o una perdiz, la ilusión desaparece para la mayoría.

El paisaje agrario ha cambiado profundamente: parcelas más grandes, menos márgenes de cultivo, menos setos, un aprovechamiento más intensivo de la tierra. Esto ha tenido consecuencias directas sobre las especies que durante generaciones sustentaron la tradición cinegética. En zonas donde antes abundaba la caza menor cada otoño, los cazadores describen ahora campos vacíos y largas jornadas sin disparar un solo cartucho.

Para algunos, esto genera también un conflicto moral. Cuando las poblaciones de fauna están bajo presión, una parte de los cazadores siente que no es correcto continuar, aunque la ley todavía lo permita. Esa tensión entre tradición y conservación de la naturaleza lleva a muchos a tomar la decisión de parar.

Presión del tiempo: familia, trabajo y una agenda imposible

La caza consume tiempo, y no solo las madrugadas en el campo. También las reuniones de la sociedad, las sesiones de tiro, la gestión de la fauna, los censos y la vigilancia de cercados. Ese tiempo sencillamente ya no está disponible para mucha gente.

Casi un cuarto de los cazadores que abandonaron lo hizo porque la familia y los compromisos domésticos adquirieron prioridad. Los fines de semana están repletos de actividades deportivas de los hijos, celebraciones familiares y cuidado de personas mayores. Dedicar un sábado entero a la cuadrilla choca con mayor frecuencia que hace veinte años con la planificación familiar.

Casi uno de cada cinco apunta al trabajo como causa. Los turnos irregulares, la mayor exigencia laboral y los tiempos de desplazamiento dejan poco margen para mantener un día fijo de caza. Esta afición resulta difícil de compaginar con contratos temporales o empleos en los que el horario se conoce con escaso margen de antelación.

Sin perro, sin terreno, sin cuadrilla

La caza raramente es una actividad solitaria. Gira en torno a los perros, al terreno y a un grupo estable de compañeros. Cuando uno de esos pilares desaparece, todo el conjunto se tambalea.

Aproximadamente el 15 por ciento lo deja porque ya no tiene ni puede mantener un perro de caza, un ave de cetrería o caballos. Entrenar, asegurar y cuidar correctamente a un perro exige tiempo y dinero. Quien reduce su espacio vital, dispone de menos tiempo libre o pierde al animal por vejez, a menudo no encuentra sentido en empezar de nuevo.

A esto se añade que para el 11 por ciento resulta muy difícil encontrar un equipo o un coto donde integrarse. El acceso a buenos terrenos funciona frecuentemente como una red cerrada. Cuando un cazador veterano se retira o fallece, su puesto suele transmitirse dentro del círculo familiar. Los recién llegados o quienes han cambiado de residencia no siempre encuentran fácil acomodo.

Para otro 10 por ciento, la distancia es determinante: el coto queda simplemente demasiado lejos. Conducir una hora para pasar una mañana bajo la lluvia resulta aceptable en la juventud, pero deja de serlo cuando el combustible encarece y el despertador suena temprano todos los días.

Normativa creciente y montañas de papeleo

Un grupo cada vez mayor menciona la combinación de regulaciones y burocracia como razón para dejarlo. Alrededor del 14 por ciento de los excazadores abandona porque siente que todo está atado a trámites y permisos.

Licencias, inspecciones periódicas, depósitos de armas, planes cinegéticos, informes de censos, cursos de seguridad: cada paso exige documentos en papel o formularios digitales. Muchos cazadores aceptan estas normas como necesarias para la seguridad y la conservación, pero se desaniman ante el volumen de trabajo administrativo que conllevan.

Quien ve la caza principalmente como una forma de desconectar tiene poco interés en pasar horas frente a una pantalla cada año para rellenar siempre el mismo formulario.

Por qué algunos nunca llegan a cazar tras aprobar el examen

Un dato llamativo de la encuesta es la existencia de un grupo que aprueba el examen de caza con éxito pero nunca llega a solicitar una licencia en vigor. También entre ellos el dinero ocupa el primer lugar, con un 44 por ciento que considera la práctica económicamente inviable.

A continuación aparece un obstáculo muy concreto: el 37 por ciento no encuentra ningún coto ni cuadrilla donde sea bienvenido. Sin red de contactos, el título obtenido pierde buena parte de su valor práctico.

Además, el 27 por ciento realizó el examen principalmente por curiosidad, sin intención firme de cazar con regularidad. Para el 15 por ciento, el objetivo era poder poseer legalmente un arma heredada de un familiar. Un pequeño grupo, en torno al 5 por ciento, necesitaba el título por motivos profesionales —en empresas de seguridad o como gestores de fauna— y no siente la necesidad de cazar en su tiempo libre.

Los indecisos: muchos excazadores piensan en volver

Sorprendentemente, la puerta no está cerrada para muchos de los que lo dejaron. Más de la mitad de los excazadores afirma que podría retomar la actividad en unos años.

La imagen del exca­zador como alguien que ha roto definitivamente con el campo no se corresponde con la realidad en la mayoría de los casos.

Quienes abandonaron por razones prácticas son los que más dudan. De los que lo dejaron por compromisos familiares, el 74 por ciento dice querer volver en cuanto los hijos sean más independientes o disminuyan las responsabilidades de cuidado. Entre quienes pararon por la presión laboral, esa cifra alcanza el 81 por ciento. En cuanto cambia el equilibrio entre vida personal y profesional, el campo vuelve a ejercer su atracción.

Qué pueden hacer las organizaciones cinegéticas

Los resultados ofrecen también puntos de acción concretos para asociaciones y federaciones. Quien quiera retener a sus cazadores o recuperar a los que se fueron tendrá que plantearse medidas como:

  • Opciones de acceso asequibles para cazadores jóvenes
  • Equipamiento compartido o sistemas de alquiler de armas e indumentaria
  • Membresías flexibles para personas con horarios de trabajo irregulares
  • Ayuda activa para encontrar cuadrilla o equipo de gestión cinegética
  • Plataformas digitales que simplifiquen los trámites administrativos

La figura del mentor también resulta clave. Un cazador recién licenciado que no recibe una orientación clara hacia un terreno, un tutor o un grupo estable abandona mucho antes. En los países donde el acompañamiento es habitual, los principiantes se mantienen con más frecuencia, precisamente durante los primeros años, que son los más vulnerables.

Qué significa realmente cazar hoy en día

Para quien está fuera del mundo cinegético, la caza evoca ante todo la imagen de un disparo certero y una pieza asándose en el fuego. En la práctica actual, la actividad tiene mucho más que ver con la gestión: censar poblaciones, reducir daños a los cultivos, mejorar la seguridad vial en pasos de fauna y cumplir los acuerdos con los gestores de espacios naturales.

Esto significa que los cazadores pasan más tiempo con prismáticos y cuaderno de campo que con el arma en ristre. Ese cambio de enfoque hace la actividad menos espectacular para quienes buscaban emoción pura, pero resulta más atractiva para quienes tienen interés genuino en la gestión del medio natural. Ahí reside precisamente una oportunidad para captar un perfil diferente de persona, como observadores de aves o agricultores ya vinculados estrechamente al paisaje rural.

Para quienes se plantean iniciarse, conviene tener una imagen realista. Algunas preguntas que todo aspirante a cazador debería hacerse con honestidad:

  • ¿Dispongo de tiempo de forma constante, especialmente en otoño y a principios de primavera?
  • ¿Estoy dispuesto a reservar dinero cada año para licencias y equipamiento?
  • ¿La convivencia con la muerte y el despiece de animales encaja con mi forma de ver a los animales?
  • ¿Me veo en el barro, bajo la lluvia, en una jornada en la que no se dispara ni un cartucho?

Quien responde estas preguntas con sinceridad evita decepciones posteriores. Y quien regresa al campo tras una pausa lo hace casi siempre con una idea más clara de lo que la caza significa para él: menos tradición por inercia, y más una elección consciente vinculada a la naturaleza, la gestión del territorio y el placer de estar al aire libre.

Author

  • Begoña Pérez, conocida popularmente como La Ordenatriz, es una experta en orden y limpieza que ha revolucionado las redes sociales en España con sus soluciones prácticas para el hogar. Madre de siete hijos, Begoña comenzó compartiendo consejos basados en su propia experiencia diaria, lo que la llevó a convertirse en una guía indispensable para miles de personas. Su especialidad son los "trucos de limpieza" imposibles: cómo quitar manchas de tinta, vino o grasa usando productos económicos y accesibles. Ha publicado libros de éxito como "Limpieza, orden y felicidad", consolidándose como la máxima autoridad en лайфхаки domésticos.

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