Cómo unos pequeños animales excavadores transformaron un paisaje lunar muerto en un bosque verde

Una erupción volcánica que arrasó con todo

A principios de los años ochenta, parte de las laderas del volcán Mount St. Helens, en Estados Unidos, era considerada territorio perdido. La erupción lo había destruido absolutamente todo. Sin embargo, en unos pocos terrenos experimentales, decenas de miles de plantas brotaron en apenas unos años. No gracias a fertilizantes artificiales ni a plantones jóvenes, sino gracias a pequeñas criaturas que vivían bajo tierra.

La erupción de mayo de 1980 arrasó por completo el paisaje circundante. Los bosques desaparecieron, los animales murieron en masa y una gruesa capa de piedra pómez estéril cubrió la zona. Para las plantas, apenas había donde aferrarse.

Los investigadores observaron que la recuperación era prácticamente inexistente. Solo unas pocas especies pioneras lograban echar raíces con dificultad. El suelo carecía de estructura, de nutrientes y, sobre todo, de vida: sin lombrices, sin apenas microorganismos, sin la red subterránea que normalmente ayuda a las plantas a establecerse.

En 1983, científicos de la Universidad de California, entre otras instituciones, decidieron llevar a cabo un experimento atrevido. Si el suelo ya no contenía vida por sí mismo, quizás podían impulsar ese proceso introduciendo animales capaces de remover la tierra.

El protagonismo inesperado de los tuzas de bolsillo

Los investigadores eligieron a los pocket gophers —conocidos en español como tuzas o topillos de bolsillo—, pequeños roedores excavadores muy comunes en las praderas norteamericanas. Los agricultores suelen considerarlos una molestia, precisamente porque cavan túneles y sacan tierra a la superficie.

Fue exactamente ese comportamiento lo que los hizo interesantes para este experimento. Estos animales excavan redes de galerías subterráneas y empujan la tierra inferior hacia arriba formando pequeños montículos. El razonamiento de los científicos era sencillo: si todavía quedaba suelo forestal antiguo o microorganismos enterrados bajo la capa de piedra pómez, las tuzas podrían devolverlos a la superficie.

  • Especie: tuza de bolsillo (pequeño roedor excavador)
  • Función: remover el suelo y sacar tierra antigua a la superficie
  • Ubicación: parcelas experimentales en Mount St. Helens
  • Año de inicio del experimento: 1983

Los animales fueron introducidos en pequeñas cantidades en parcelas cuidadosamente delimitadas. Las zonas adyacentes de la ladera volcánica permanecieron intactas y sirvieron como control comparativo.

De una llanura de ceniza a más de 40.000 plantas

Durante los primeros años, aparentemente no ocurría gran cosa. Al inicio, las parcelas experimentales contaban con apenas una docena de plantas. El entorno tenía un aspecto gris y completamente inerte.

Seis años después, el panorama cambió de manera radical. Las parcelas donde las tuzas habían excavado aparecieron cubiertas por más de 40.000 plantas. Se trataba de especies muy diversas: hierbas, gramíneas, arbustos jóvenes y pequeños árboles. Las zonas que no habían recibido ningún roedor excavador continuaban, en cambio, prácticamente desnudas.

Lo que nació como un experimento de corta duración se convirtió en un proceso de restauración natural a largo plazo que sigue siendo visible hoy en día, más de cuarenta años después.

Para el microbiólogo Michael Allen y sus colegas, la magnitud de la recuperación resultó sorprendente. Esperaban observar algo más de crecimiento vegetal, pero no un ecosistema completamente nuevo surgido en tan poco tiempo.

El verdadero trabajo ocurrió bajo tierra

La clave del experimento no residía en los propios animales, sino en lo que estos trajeron consigo: suelo antiguo, bacterias y, sobre todo, hongos. Al excavar, las tuzas mezclaron la piedra pómez estéril con restos del suelo forestal original y los microorganismos que albergaba.

Investigaciones publicadas en la revista científica Frontiers revelan que un grupo de organismos fue decisivo en este proceso: los hongos micorrícicos. Estos forman una especie de extensión de las raíces de las plantas al conectarse con ellas de manera simbiótica.

Organismo Papel en la recuperación
Bacterias Descomponen materia orgánica y liberan nutrientes esenciales
Hongos micorrícicos Amplían la superficie radicular y mejoran la absorción de agua y minerales
Raíces de plantas Estabilizan el suelo y aportan azúcares a hongos y bacterias

Los hongos generan filamentos finísimos en el suelo que pueden extenderse durante kilómetros. Conectan distintas plantas entre sí formando una auténtica red subterránea. A través de ella se intercambian nutrientes y agua, especialmente en zonas donde el suelo es pobre y seco, como una ladera volcánica.

La investigadora Emma Aronson describe cómo los árboles regresaron en algunos puntos "casi de inmediato", contrariamente a todas las expectativas. Los hongos demostraron ser capaces de reciclar nutrientes procedentes de agujas caídas y otro material orgánico a una velocidad asombrosa.

Un legado que sigue activo cuarenta años después

Lo más llamativo es que los efectos de este experimento relativamente breve no desaparecieron con el tiempo. Las comunidades de suelo que se formaron en los años ochenta siguen activas hoy en día. Las parcelas donde excavaron las tuzas están actualmente cubiertas de vegetación, mientras que las zonas sin intervención continúan escasamente pobladas de plantas.

Aronson relata lo impactante que resultó comparar suelo de un bosque antiguo con el de una zona talada y desprovista de vida: las diferencias en estructura y biodiversidad eran inmediatamente visibles. Allí donde faltan microorganismos, hongos y animales del suelo, las zonas áridas permanecen obstinadamente yermas.

La investigadora posdoctoral Mia Maltz subraya que la interdependencia en la naturaleza ya no puede ignorarse, especialmente cuando se trata de actores invisibles como microbios y hongos.

El estudio demuestra que una intervención relativamente pequeña —unos pocos animales excavadores— puede desencadenar una reacción en cadena que se prolonga durante décadas. En cuanto el suelo vuelve a funcionar en su dimensión subterránea, plantas y animales regresan por sí solos.

Qué nos dice esto sobre la restauración ecológica en otros lugares

Las lecciones aprendidas en Mount St. Helens son aplicables a paisajes degradados de muy distinta naturaleza. Algunos ejemplos:

  • Zonas quemadas tras incendios forestales
  • Antiguos terrenos mineros e industriales abandonados
  • Grandes superficies taladas en bosques de producción
  • Suelos agrícolas fuertemente compactados

Los enfoques tradicionales suelen centrarse en plantar árboles o sembrar hierba. Sin un suelo vivo, ese proceso requiere mucho tiempo y dinero, y parte de las plantaciones fracasa. El experimento de Mount St. Helens sugiere que restaurar la vida del suelo es al menos tan importante como devolver la vegetación visible al terreno.

Esto puede lograrse de diversas formas: mediante animales excavadores, introduciendo material de suelo procedente de ecosistemas sanos, o mediante inoculantes fúngicos —pequeñas cantidades de suelo rico en hongos que pueden reactivar superficies mucho más grandes.

¿Qué son exactamente las micorrizas?

Micorriza es el término colectivo para designar las asociaciones simbióticas entre hongos y raíces de plantas. Los hongos reciben azúcares de la planta y, a cambio, le suministran minerales como fósforo y nitrógeno. Literalmente amplían el alcance de las raíces, lo que hace que las plantas sean más resistentes a la sequía y a los suelos pobres en nutrientes.

Muchas plantas silvestres y árboles dependen enormemente de estos hongos. Sin ellos, las semillas germinan, pero las plántulas jóvenes mueren con frecuencia en poco tiempo. En suelos degradados, la ausencia de micorrizas constituye un cuello de botella invisible que bloquea cualquier proceso de recuperación.

Lecciones prácticas para la gestión y las políticas ambientales

Para los gestores forestales y los responsables políticos, el estudio ofrece varias conclusiones concretas:

  • Proteger los animales del suelo y los hongos en los proyectos de restauración; la labranza intensiva puede causar daños irreparables.
  • Usar siempre que sea posible suelo de ecosistemas sanos cercanos como punto de partida para la recuperación.
  • No considerar automáticamente a las especies excavadoras como plagas, sino también como posibles aliadas.
  • Medir no solo los árboles por hectárea, sino también la calidad del suelo y la diversidad microbiana.

Para los ciudadanos y propietarios de jardines, algo similar aplica a pequeña escala. Remover menos la tierra, dejar caer las hojas y ser prudentes con los productos químicos beneficia tanto a las micorrizas como a los animales del suelo. Un suelo vivo produce plantas más sanas, ya sea en un parque urbano o en un huerto doméstico.

La historia de Mount St. Helens muestra con qué rapidez puede producirse la recuperación cuando el motor subterráneo vuelve a ponerse en marcha. Donde el ojo solo ve una llanura estéril, bajo la superficie puede estar gestándose una red lenta pero poderosa capaz de reconstruir un paisaje entero. Esa capa invisible merece, en las políticas climáticas y medioambientales, tanta atención como los árboles y las flores que crecen por encima de ella.

Author

  • Begoña Pérez, conocida popularmente como La Ordenatriz, es una experta en orden y limpieza que ha revolucionado las redes sociales en España con sus soluciones prácticas para el hogar. Madre de siete hijos, Begoña comenzó compartiendo consejos basados en su propia experiencia diaria, lo que la llevó a convertirse en una guía indispensable para miles de personas. Su especialidad son los "trucos de limpieza" imposibles: cómo quitar manchas de tinta, vino o grasa usando productos económicos y accesibles. Ha publicado libros de éxito como "Limpieza, orden y felicidad", consolidándose como la máxima autoridad en лайфхаки domésticos.

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