Legado nuclear en el Pacífico: una cúpula inestable amenazada por el aumento del nivel del mar

Una cresta provocada por una bomba nuclear se convirtió en vertedero radiactivo

Bajo una cúpula de hormigón en el diminuto islote de Runit, en las Islas Marshall, descansa una mezcla de escombros radiactivos y tierra contaminada procedente de las pruebas nucleares estadounidenses de los años cincuenta. La estructura se deteriora, el nivel del mar sube y los científicos advierten de que un problema latente puede convertirse silenciosamente en un desastre medioambiental de escala regional.

Entre 1946 y 1958, Estados Unidos llevó a cabo un total de 67 pruebas nucleares en los atolones de Bikini y Enewetak. Solo en Enewetak se produjeron 43 explosiones. En 1958, el ensayo conocido con el nombre en clave Cactus abrió un cráter profundo en el arrecife coralino de Runit, con una potencia equivalente a unos 18 kilotones de TNT.

Ese cráter, de unos diez metros de profundidad, fue transformado veinte años después en zona de almacenamiento. Entre 1977 y 1980, el ejército estadounidense vertió más de 120.000 toneladas de tierra y escombros radiactivos en ese hueco, recolectados de distintos puntos del atolón. Por encima se construyó una cúpula de hormigón con un diámetro de aproximadamente 115 metros y un grosor de poco menos de medio metro.

El apodo de la construcción —"The Tomb", la tumba— pretendía transmitir reposo y cierre definitivo, pero en realidad se trataba de una solución de emergencia con una vida útil limitada.

Un detalle fundamental: el cráter nunca tuvo base impermeable. La cúpula descansa directamente sobre coral poroso, a través del cual el agua marina entra y sale con las mareas. Desde el primer día de su construcción quedó claro que no era un almacenamiento completamente cerrado, sino más bien una tapa de hormigón sobre un depósito con fugas.

Testimonios de un trabajo apresurado en una zona sacrificada

Antiguos militares que participaron en las labores de descontaminación cuentan que trasladaban tierra contaminada sin recibir explicaciones claras. Muchos creían que se trataba de simples escombros de guerra. Solo más tarde comprendieron que habían trabajado en medio de una zona de pruebas gravemente contaminada, frecuentemente sin la protección adecuada frente a la exposición radiactiva.

Para la población local, el precio ya había sido muy alto con anterioridad. Cientos de habitantes de las Islas Marshall tuvieron que abandonar sus islas para hacer posible el programa de pruebas. Muchos de ellos regresan ahora a atolones donde el paisaje y los riesgos para la salud han cambiado de forma irreversible.

Una cúpula llena de grietas y un suelo que nunca estuvo sellado

La preocupación de los científicos se centra en dos puntos débiles: el envejecimiento de la tapa de hormigón y la conexión abierta con las aguas subterráneas. El clima tropical, el agua salada y las grandes variaciones de temperatura erosionan el hormigón de forma continua. Las grietas ya son visibles en la superficie de la estructura.

El físico nuclear Arjun Makhijani señala una contradicción incómoda: el plutonio-239 sigue siendo peligroso durante miles de años, mientras que ninguna construcción de hormigón puede durar esa escala temporal. Hoy, con apenas cincuenta años desde su edificación, ya son evidentes defectos considerables.

Bajo la cúpula, la marea bombea agua sin cesar a través de la roca coralina. Eso significa que las partículas contaminadas entran progresivamente en contacto con el agua de la laguna. Incluso sin un colapso espectacular, ya existe una vía por la que las sustancias radiactivas pueden dispersarse.

Las mediciones revelan contaminación fuera de la cúpula

Investigadores de la Universidad de Columbia tomaron muestras en los alrededores de la cúpula en 2018. Hallaron niveles de radiación elevados en el suelo exterior a la construcción y detectaron varios radionucleidos en lugares que no deberían contenerlos.

Esos resultados no demuestran que toda la contaminación registrada provenga de la cúpula; el atolón entero fue afectado por las pruebas nucleares. Sin embargo, ponen de manifiesto que es inútil tratar el riesgo como "un problema confinado bajo la tapa de hormigón". Se trata de un sistema dinámico de suelo, laguna y aguas subterráneas que intercambia materiales de manera constante.

  • Cúpula sin base impermeable apoyada sobre coral poroso
  • Grietas en el hormigón causadas por el envejecimiento y los efectos climáticos
  • Sustancias radiactivas detectadas fuera del área cubierta
  • La población local vive y pesca en las proximidades de la contaminación

El cambio climático acelera el reloj

Lo que durante mucho tiempo pareció un capítulo cerrado de la Guerra Fría vuelve a la actualidad impulsado por la crisis climática. El nivel del mar en torno a las Islas Marshall sube y los fenómenos meteorológicos extremos se intensifican. Un estudio reciente del Pacific Northwest National Laboratory identifica las marejadas ciclónicas y la elevación del nivel del mar como los principales impulsores futuros de la dispersión de partículas radiactivas.

Runit se eleva en promedio apenas unos dos metros sobre el nivel del mar actual. Los escenarios en los que el océano sube un metro durante este siglo evidencian la enorme vulnerabilidad de la isla. El mar no necesita sumergir por completo la cúpula para empeorar la situación. Simplemente unos niveles de agua más altos aumentan la presión sobre las aguas subterráneas e intensifican el intercambio hídrico bajo la estructura.

Cada centímetro adicional de nivel del mar supone más presión sobre el coral poroso, mayor circulación de agua bajo la cúpula y una probabilidad más alta de que la contaminación alcance la laguna.

Las tormentas intensas y las mareas vivas actúan como aceleradores. Inundan las zonas bajas de la isla y pueden desprender fragmentos de hormigón debilitado. Con cada episodio meteorológico extremo crece la probabilidad de que cantidades mayores de material contaminado acaben en el ecosistema marino.

Consecuencias para pescadores y residentes

En un radio de varias decenas de kilómetros alrededor de Runit viven y trabajan comunidades marshalesas. Utilizan la laguna para pescar, desplazarse y realizar sus actividades cotidianas. La incertidumbre sobre la contaminación afecta directamente a su seguridad alimentaria y a su salud.

Aproximadamente 300 personas residen en el propio atolón de Enewetak, y varios cientos más en el atolón en su conjunto. Para ellos, la cúpula no es un peligro abstracto, sino una prominencia de hormigón tangible en el paisaje que evoca desplazamientos forzados, enfermedades y la pérdida de su territorio vital.

Herencia política y bloqueo jurídico

En 1986 entró en vigor un tratado que regula la relación entre Estados Unidos y las Islas Marshall. En él se dio por resuelta formalmente la cuestión de las indemnizaciones relacionadas con el programa nuclear. En la práctica, el Estado insular quedó con un problema técnicamente complejo para el que apenas dispone de recursos.

El Departamento de Energía de Estados Unidos sostiene que las grietas de la cúpula son propias del deterioro normal del hormigón y que la contaminación adicional atribuible a la cúpula es escasa en comparación con la radiactividad ya existente en la laguna. Diversos científicos y autoridades locales rebaten ese razonamiento. Se preguntan por qué entonces se construyó una cúpula y qué materiales exactamente fueron almacenados bajo ella.

El contenido del depósito nunca ha sido revelado en detalle al público. Existen sospechas de que bajo la tapa se encuentran también restos de pruebas fallidas y materiales escasamente documentados. Sin un inventario completo, cualquier plan de evaluación de riesgos o de descontaminación queda atrapado en la incertidumbre.

Las personas detrás de los datos

Antiguos militares que participaron en las labores de limpieza reportan problemas de salud como cánceres y anomalías óseas. No fue hasta 2023 cuando el gobierno estadounidense los reconoció oficialmente como "veteranos atómicos", con acceso a determinadas compensaciones y atención médica.

Para la población marshalesa, que lleva generaciones conviviendo con esta herencia, el asunto va mucho más allá del dinero o el reconocimiento jurídico. La cúpula de Runit simboliza una asimetría de poder: una gran potencia depositó sus residuos radiactivos en un Estado insular que apenas tuvo voz en la decisión, y que ahora debe afrontar por sí solo las consecuencias de la subida del mar y la contaminación permanente.

¿Qué tan peligrosa es la contaminación radiactiva en una laguna coralina?

Elementos radiactivos como el plutonio y el cesio pueden dispersarse a través del agua y los sedimentos. En una laguna, esto se agrava porque se trata de una cuenca relativamente cerrada donde el agua se renueva con mucha menos frecuencia que en mar abierto. Las sustancias pueden acumularse en las capas del fondo y en la cadena alimentaria marina.

Los peces, los moluscos y otros organismos absorben radionucleidos. Las personas que consumen durante años alimentos procedentes de ese sistema asumen un riesgo real. Generalmente no se trata de enfermedades agudas por radiación, sino de un incremento gradual de la probabilidad de desarrollar cáncer y otras enfermedades crónicas.

Radionucleido Origen habitual Principal riesgo
Plutonio-239 Pruebas nucleares, restos de combustible fisible Vida media muy larga, acumulación en huesos e hígado
Cesio-137 Explosiones nucleares atmosféricas Se comporta como el potasio, se distribuye en músculos y plantas
Estroncio-90 Pruebas nucleares y accidentes en reactores Imita al calcio, se incorpora a huesos y dientes

Las mediciones realizadas en torno a Runit confirman que algunas de estas sustancias siguen presentes. Una parte proviene de la época de las pruebas atmosféricas; otra, posiblemente, de filtraciones en la cúpula. Para los responsables políticos y los habitantes, lo más relevante es cómo la suma de esas fuentes afecta la vida cotidiana de las personas y los ecosistemas.

¿Qué hacer ahora: vigilar, reforzar o desmantelar?

Los debates sobre el futuro de la cúpula giran en torno a tres vías: mejorar la vigilancia y el seguimiento, reforzar la estructura o retirar definitivamente los residuos. Cada opción presenta enormes obstáculos prácticos. Un vaciado completo de la cúpula sería extraordinariamente costoso y requeriría años de trabajos especializados en pleno corazón de un frágil ecosistema marino.

Un refuerzo selectivo —por ejemplo, capas adicionales de hormigón, sellado de grietas y mejora del drenaje— puede ganar tiempo. Pero sin abordar el problema del suelo abierto, el núcleo del problema permanece intacto. Las mediciones periódicas del suelo, el agua y las poblaciones de peces proporcionan al menos información sobre tendencias y puntos críticos, lo que sirve de base para tomar decisiones sobre pesca, asentamientos y posibles medidas de emergencia.

Para los habitantes de Estados insulares de baja altitud como las Islas Marshall, el futuro se presenta especialmente complicado. Se enfrentan simultáneamente a la subida del nivel del mar, a la salinización del agua potable, a la pérdida de tierras cultivables y a una herencia radiactiva en su propio entorno. Ese conjunto acumulado de riesgos exige soluciones que combinen la técnica, la justicia y el cuidado a largo plazo, no otro parche provisional de hormigón sobre una herida que no deja de sangrar.

Author

  • Begoña Pérez, conocida popularmente como La Ordenatriz, es una experta en orden y limpieza que ha revolucionado las redes sociales en España con sus soluciones prácticas para el hogar. Madre de siete hijos, Begoña comenzó compartiendo consejos basados en su propia experiencia diaria, lo que la llevó a convertirse en una guía indispensable para miles de personas. Su especialidad son los "trucos de limpieza" imposibles: cómo quitar manchas de tinta, vino o grasa usando productos económicos y accesibles. Ha publicado libros de éxito como "Limpieza, orden y felicidad", consolidándose como la máxima autoridad en лайфхаки domésticos.

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