Un viejo dilema que vuelve a encender la polémica
Los padres de bebés pequeños no solo pierden el sueño por el llanto nocturno: cada decisión sobre consolar o no consolar se siente como una apuesta arriesgada. Un nuevo estudio británico afirma que dejar llorar al bebé de forma controlada no daña el vínculo entre padres e hijos. Los psicólogos infantiles, sin embargo, no tardaron en rebatirlo. Y en medio de ese cruce de opiniones, los padres agotados solo desean que su bebé —y su conciencia— encuentren algo de paz.
El estudio que reaviva una batalla de décadas
La pregunta lleva décadas sin respuesta definitiva: ¿ayuda dejar llorar al bebé para que aprenda a dormirse solo, o eso pone en riesgo su sensación de seguridad? El método, conocido internacionalmente como cry it out, consiste en acostar al bebé y no reaccionar de inmediato ante cada sollozo o llanto.
Los psicólogos británicos Ayten Bilgin y Dieter Wolke, de la Universidad de Warwick, siguieron a 178 bebés desde el nacimiento hasta los 18 meses. Compararon a los hijos de padres que optaban con frecuencia por dejarlos llorar con los de padres que respondían casi siempre de manera inmediata.
Sus conclusiones, publicadas en 2020 en una revista de referencia sobre psicología infantil, contradicen lo que muchos padres y especialistas daban por sentado durante años.
El equipo investigador de Bilgin y Wolke no encontró ninguna relación clara entre dejar llorar de forma controlada y un apego inseguro, problemas de conducta o dificultades emocionales a los 18 meses.
Según los investigadores, la calidad de la relación entre padres e hijos resultó ser, en promedio, igual de buena tanto en familias que dejaban llorar ocasionalmente como en las que acudían siempre de inmediato. Para muchos padres exhaustos, eso suena casi como una autorización para no sentirse culpables al no correr al instante hacia la cuna.
Apego frente a descanso nocturno: dos posturas sin vencedor claro
Este hallazgo encaja con una corriente más amplia en la que ciertos coaches de sueño y algunos pediatras defienden más estructura y menos intervenciones nocturnas. Argumentan que los padres también necesitan dormir para poder cuidar bien. Desde esa perspectiva, cualquier método que acorte las noches en vela resulta tentador.
En el lado contrario se sitúan los especialistas que siguen la teoría clásica del apego. Esta sostiene que el bebé experimenta el mundo principalmente a través del lenguaje corporal, el contacto físico y la respuesta a sus señales. El llanto no es una manipulación: es una alarma.
- Visión basada en el apego: responder de forma rápida y cálida a cada llanto refuerza la confianza y la seguridad emocional del bebé.
- Visión conductual: dejar llorar de manera controlada ayuda al bebé a dormirse con mayor autonomía, sin causar necesariamente un daño psicológico.
- Padres en el término medio: intentan encontrar un equilibrio entre la cercanía, sus propios límites y la viabilidad práctica del día a día.
El nuevo estudio se inclina con cautela hacia la postura conductual, pero lo hace con la precisión suficiente como para desatar una avalancha de críticas.
Los científicos atacan el estudio: "demasiado pequeño, demasiado vago, demasiado rotundo"
Poco después de su publicación, las psicólogas del desarrollo Elisabeth Davis y Karen Kramer respondieron con una crítica demoledora. En su opinión, los investigadores van demasiado lejos con sus tranquilizadoras conclusiones.
Pocos bebés para afirmaciones tan grandes
Davis y Kramer señalan que el grupo de estudio, formado por 178 bebés, es relativamente pequeño. Puede parecer suficiente, pero para detectar efectos sutiles resulta insuficiente. Riesgos pequeños o medianos podrían haberse colado fácilmente por las rendijas del análisis estadístico.
Además, debería haberse calculado previamente cuántos niños serían necesarios para afirmar con una seguridad razonable que no existe ningún efecto perjudicial. Ese cálculo brilla por su ausencia, y sin embargo el mensaje del estudio suena enormemente tranquilizador.
¿Qué significa exactamente "dejar llorar"?
Otro punto de fricción: fueron los propios padres quienes indicaron si utilizaban alguna variante del cry it out. Los investigadores no establecieron una definición precisa, lo que da lugar a una mezcla heterogénea de prácticas muy distintas.
Para un padre, "dejar llorar" puede significar esperar dos minutos; para otro, no entrar en la habitación hasta pasada media hora. Estadísticamente quedan en la misma categoría, aunque la experiencia para el bebé pueda ser radicalmente diferente.
Esa ambigüedad complica enormemente saber sobre qué está pronunciándose realmente el estudio. ¿Habla de breves pausas controladas entre momentos de consuelo, o de ignorar el llanto durante largos períodos? Esa diferencia tiene un peso enorme en el impacto emocional.
Tensión con investigaciones clásicas e influyentes
La crítica también apunta a la colisión con estudios clásicos sobre el apego, como el trabajo de Mary Ainsworth y Silvia Bell de los años setenta. En aquellas investigaciones se observó que las madres que respondían de forma rápida y consistente al llanto tenían, más adelante, hijos que lloraban menos y mostraban un apego más sólido.
Davis y Kramer consideran que Bilgin y Wolke reducen ese legado a un pensamiento anticuado, cuando gran parte de la práctica clínica actual todavía se apoya en él. Los autores británicos responden que su estudio es más moderno, más completo y metodológicamente más riguroso, aunque reconocen que se necesitan investigaciones internacionales de mayor escala para obtener una respuesta verdaderamente clara.
Padres atrapados entre el sentimiento de culpa, la falta de sueño y la tormenta de opiniones
Mientras los expertos se enzarzan en debates metodológicos, los padres comparten sus experiencias en grupos de mensajería, en las consultas de pediatría y en foros. Las emociones se disparan con facilidad. Quienes defienden consolar siempre acusan al bando contrario de negligencia emocional. Quienes apoyan el entrenamiento del sueño consideran que los defensores del consuelo constante meten a los padres un miedo innecesario.
En ese clima, la presión sobre los padres no deja de crecer. Si dejas llorar a tu bebé, eres frío. Si saltas de la cama ante el más mínimo gemido, estás "arruinando" su autonomía. Muchos padres prueban un método, lo abandonan agotados y acaban en el bando contrario, a menudo cargando con una buena dosis de vergüenza.
Cada vez más pediatras y enfermeros de pediatría intentan matizar esta polarización. Aconsejan a los padres que tengan en cuenta varios factores:
| Factor | ¿Qué observar? |
|---|---|
| Edad del bebé | Los recién nacidos necesitan cercanía física con más frecuencia que un bebé de 10 meses. |
| Tipo de llanto | El llanto de dolor o pánico suena diferente al quejido de cansancio o malhumor. |
| Estado de salud | Durante una enfermedad, reflujo o época de crecimiento acelerado, más consuelo y cercanía es completamente lógico. |
| Límites de los padres | Los padres completamente agotados se irritan con mayor facilidad, lo que afecta al ambiente durante el día. |
Ningún estándar de oro, pero sí algunos puntos de apoyo
La propia Bilgin, coautora del polémico estudio, reconoce en un artículo posterior que la ciencia actual no permite emitir un veredicto definitivo. Aboga por definiciones claras, grandes estudios internacionales y un seguimiento prolongado, hasta la edad escolar y más allá.
Mientras esos datos no lleguen, los padres seguirán dependiendo de una combinación de sentido común, orientación profesional e intuición propia. Estos son algunos criterios prácticos que la mayoría de los especialistas en sueño y apego sí comparten:
- Los recién nacidos necesitan sobre todo respuestas rápidas, contacto piel con piel y alimentación a demanda.
- En bebés más mayores, una rutina de sueño fija y predecible puede reducir mucho la inquietud nocturna.
- Breves pausas antes de acudir a consolar pueden ayudar a algunos bebés a calmarse solos y acabar durmiéndose.
- El llanto prolongado sin acompañamiento, especialmente en bebés pequeños, no es recomendado prácticamente por ningún especialista.
- Si la tensión en torno a la hora de dormir se vuelve insostenible, una consulta con el médico de familia, el pediatra o un psicólogo especializado puede suponer un gran alivio.
Lo que los propios padres pueden observar
Un aspecto clave es prestar atención a cómo se comporta el bebé fuera de los momentos nocturnos. Comer y beber, buscar contacto, jugar, el contacto visual y la relajación corporal ofrecen a menudo más información que una sola noche de llanto.
Señales que merecen mayor atención son, por ejemplo, un comportamiento extremadamente asustadizo, mucho retraimiento, escaso interés por el entorno o quedarse completamente rígido durante los intentos de consuelo. No tiene por qué deberse al método de sueño utilizado, pero sí justifica pedir orientación profesional.
A muchos padres les resulta útil apuntar brevemente durante unas noches qué hacen y cómo reacciona su bebé. No como un registro estricto, sino como una especie de diario. Eso hace visibles los patrones y facilita las conversaciones con un especialista.
Más claves sobre el llanto y la autorregulación
Para los bebés, el llanto es una forma de liberar tensión y pedir ayuda. El sistema nervioso de un bebé aún es inmaduro: calmarse por sí solo le resulta muy difícil. Al ser consolado de manera predecible y frecuente, el bebé aprende poco a poco que la tensión también puede disiparse. Con el tiempo, irá asumiendo ese proceso gradualmente por sí mismo.
Los métodos de sueño que trabajan con tiempos de espera breves intentan moverse precisamente en esa zona fronteriza: no silenciar cada sonido de inmediato, pero sí permanecer accesibles. Cómo funciona ese equilibrio depende en gran medida del temperamento del niño, la sensibilidad de los padres y las circunstancias del hogar.
Por ahora, una cosa permanece invariable: ningún estudio puede sustituir el juicio único que los padres emiten cada noche, entre el agotamiento, el amor y una cuna que a veces simplemente llora un poco más antes de que vuelva la calma.













