De reciclador inofensivo a invasor letal
Una nueva investigación revela cómo un resistente hongo capaz de destruir pulmones, arruinar cosechas y burlar los medicamentos puede extenderse por prácticamente todo el planeta gracias al cambio climático y a las prácticas agrícolas modernas.
Los hongos son engranajes esenciales del ecosistema. Descomponen materia muerta y devuelven nutrientes al suelo. En la inmensa mayoría de los casos, las esporas que respiramos no superan la nariz o las vías respiratorias superiores: el sistema inmunitario las elimina sin que nos demos cuenta.
Sin embargo, existe un reducido grupo de hongos que se comporta de manera radicalmente distinta. Pueden instalarse en lo más profundo de los pulmones, contaminar reservas de cereales y desestabilizar ecosistemas enteros. La línea que separa al reciclador útil del patógeno peligroso resulta ser sorprendentemente delgada.
Sin que nadie lo perciba, un hongo cotidiano evoluciona silenciosamente hacia una amenaza que afecta por igual a hospitales, agricultores y consumidores.
El principal protagonista de esta nueva investigación es Aspergillus, un género de hongos presente en todas partes: en el suelo, en los cereales, en las plumas de las aves, incluso en restos de coral. En la naturaleza cumple una función regeneradora. En hospitales y campos de cultivo, sin embargo, se convierte en algo mucho más amenazante.
Aspergillus se adapta a una velocidad asombrosa
Investigadores de la Universidad de Mánchester cartografiaron tres especies especialmente problemáticas: Aspergillus flavus, A. fumigatus y A. niger. Utilizando modelos climáticos, calcularon hasta dónde podrían extenderse estas especies antes de que acabe el siglo, en función del nivel de calentamiento y de las emisiones de gases de efecto invernadero.
En un escenario de alta dependencia de los combustibles fósiles, grandes partes de Europa se volverían considerablemente más hospitalarias para estos hongos. Temperaturas más cálidas, mayor humedad y fenómenos meteorológicos extremos más frecuentes crearían condiciones ideales para que las esporas colonicen nuevos territorios.
- A. flavus podría ampliar su área de distribución en Europa aproximadamente un 16 por ciento.
- Eso equivale a exponer a alrededor de 1 millón de personas más al riesgo de infección.
- A. fumigatus, el principal responsable de la aspergilosis invasiva en humanos, podría expandir su territorio más de un 77 por ciento.
- Con ello, hasta 9 millones de europeos adicionales quedarían dentro de la zona de riesgo.
Curiosamente, algunas regiones de África podrían volverse demasiado calurosas para ciertos hongos. Sin embargo, ese riesgo simplemente se desplazaría hacia otras zonas donde las condiciones serían perfectas para variantes más resistentes al calor.
Por qué cada vez es más difícil combatir estos hongos
Aspergillus posee un material genético extraordinariamente flexible, lo que le permite adaptarse con rapidez tanto a nuevas condiciones ambientales como a los medicamentos disponibles. Aquí reside el verdadero problema: en agricultura y en medicina se emplea básicamente el mismo tipo de compuesto, los azoles.
Los agricultores aplican fungicidas azólicos sobre cultivos como el trigo y los cacahuetes para prevenir enfermedades fúngicas. Los médicos, por su parte, recetan fármacos azólicos casi idénticos para tratar infecciones pulmonares. Esta doble presión hace que Aspergillus desarrolle resistencia progresivamente, en un proceso muy similar al que vuelve a las bacterias inmunes a los antibióticos.
Cada hectárea de tierra agrícola tratada con azoles incrementa la probabilidad de que esporas resistentes acaben alojándose en los pulmones de pacientes vulnerables.
En Europa y Asia la resistencia lleva años en aumento. Los pacientes con una infección resistente por Aspergillus presentan tasas de mortalidad que pueden superar el 50 por ciento. Los medicamentos alternativos suelen ser más tóxicos para riñones e hígado, y dejan a los médicos con muy poco margen de maniobra.
El cambio climático redibuja el mapa fúngico mundial
La expansión de los hongos depende fundamentalmente de la temperatura, la humedad y los fenómenos meteorológicos extremos. Las lluvias intensas y las inundaciones favorecen el crecimiento fúngico en cultivos y edificios. Las tormentas y las nubes de polvo pueden transportar enormes cantidades de esporas a cientos de kilómetros de distancia.
Los hospitales ya registran brotes tras obras de renovación, cuando el polvo cargado de esporas penetra en los conductos de ventilación y los quirófanos. Las unidades de cuidados intensivos notifican casos persistentes en pacientes que se recuperan de gripe o COVID-19, justo cuando su sistema inmunitario está más debilitado.
La concentración de esporas en el exterior no para de crecer, y ese incremento se traduce directamente en más hospitalizaciones, tratamientos más complejos y costes sanitarios más elevados. Además, el diagnóstico de las infecciones fúngicas va muy por detrás del de las bacterianas y víricas, lo que provoca que el tratamiento adecuado llegue con demasiada frecuencia demasiado tarde.
Alimentación, cosechas y pérdidas económicas para los agricultores
El sector sanitario no es el único afectado. Los hongos causan daños enormes en la agricultura. Aspergillus puede producir sustancias tóxicas denominadas micotoxinas en cultivos como el maíz, los cacahuetes y otros cereales. En años de alta proliferación fúngica, solo el sector del maíz estadounidense puede sufrir pérdidas superiores a los 1.000 millones de dólares.
Con temperaturas más altas y mayor humedad, el período durante el cual los hongos pueden crecer en los campos y en los silos se alarga considerablemente. Los agricultores se ven entonces obligados a:
- desechar partidas enteras de cereal,
- mezclar lotes para diluir la concentración de toxinas,
- o aplicar más fungicidas para frenar la contaminación.
Ninguna de estas opciones es satisfactoria. Desechar supone pérdidas económicas directas, mezclar puede aumentar los riesgos para personas y animales, y más fungicidas aceleran la resistencia. Se genera así un círculo vicioso que pone en jaque simultáneamente la seguridad alimentaria y la salud pública.
Aspergillus no es el único hongo en expansión
Otros hongos responden de forma igualmente preocupante al clima cambiante. Fusarium ataca el trigo y la avena, y puede devastar cosechas enteras. Cryptococcus provoca infecciones graves en personas con sistemas inmunitarios muy debilitados, como los pacientes con VIH o cáncer.
Los expertos internacionales en salud advierten que los hongos como grupo han estado durante mucho tiempo en un segundo plano. Comparados con virus y bacterias, reciben mucha menos financiación para investigación, existen menos vacunas y medicamentos disponibles, y persisten grandes lagunas de conocimiento.
| Hongo | Principal riesgo | Consecuencias |
|---|---|---|
| Aspergillus fumigatus | Infecciones pulmonares en pacientes vulnerables | Alta mortalidad, resistencia creciente |
| Aspergillus flavus | Micotoxinas en cultivos alimentarios | Desperdicio alimentario, riesgos para la salud |
| Especies de Fusarium | Enfermedades en cereales | Pérdida de cosechas, merma de calidad |
| Candida auris | Infecciones hospitalarias | Difícil tratamiento, numerosos brotes |
La OMS lanza la voz de alarma sobre las amenazas fúngicas
Se estima que en el mundo existen entre 1,5 y 3,8 millones de especies de hongos. Menos del 10 por ciento está bien descrita científicamente, y solo una pequeña fracción tiene su genoma completamente secuenciado. Esta carencia de conocimientos básicos frena el desarrollo de vacunas y de nuevos medicamentos seguros.
Por ese motivo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha incluido a Aspergillus y a ciertas especies de Candida en una lista de prioridades de amenazas emergentes. Los investigadores reclaman la creación de una red de vigilancia mucho más robusta.
La combinación de mediciones en el aire, en suelos agrícolas y en hospitales podría funcionar como un sistema de alerta temprana ante variantes fúngicas peligrosas.
Al vincular sensores de calidad del aire, datos de explotaciones agrícolas e información de laboratorios hospitalarios, sería posible identificar focos de riesgo. Eso permitiría ajustar la normativa sobre fungicidas y dirigir la inversión hacia métodos de diagnóstico más rápidos. Sin ese enfoque integrado, un hongo "común" puede convertirse silenciosamente en una pandemia silenciosa.
¿Qué medidas son realmente eficaces contra un hongo omnipresente?
No existe una única solución que elimine el riesgo por completo. Pero sí hay varias vías que, combinadas, pueden generar un impacto considerable:
- Reducir las emisiones de gases de efecto invernadero limita las condiciones climáticas que favorecen la expansión de los hongos.
- Normas más estrictas sobre el uso de azoles en agricultura pueden frenar el avance de la resistencia.
- Mejor ventilación y filtración en edificios, especialmente en hospitales, reduce la concentración de esporas en el aire interior.
- Invertir en nuevos antifúngicos ofrece a los médicos alternativas cuando los tratamientos actuales dejan de funcionar.
En el día a día, esto también significa tomarse más en serio el control de hongos en el hogar y en el trabajo. Ventilar correctamente, reparar fugas con rapidez y atajar los problemas de humedad reduce la acumulación de esporas en espacios cerrados.
Los hongos jamás desaparecerán por completo; son un componente fundamental de la vida en la Tierra. El verdadero reto consiste en mantener bajo control a aquellos que pasan de ser un eficaz equipo de limpieza a convertirse en agresivos invasores que destruyen el organismo desde dentro. Precisamente ahora, cuando el clima se transforma a un ritmo acelerado, resulta más urgente que nunca comprender mejor esa frontera y detectar con rapidez cuándo está a punto de cruzarse.













