Cuando combatir el calentamiento choca con llenar el plato
Nuevos cálculos revelan que una política climática estricta puede encarecer los alimentos a escala mundial, golpeando con especial dureza a los países más vulnerables. Al mismo tiempo, emerge un beneficio frecuentemente ignorado: un aire más limpio y menos ozono a ras del suelo puede salvar cosechas y alimentar a millones de personas adicionales.
Los líderes mundiales ante un dilema inesperado
Los gobiernos se han comprometido a mantener el aumento de temperatura lo más cerca posible de 1,5 grados. Para lograrlo, muchos escenarios climáticos apuestan por cantidades masivas de bioenergía y una reforestación a gran escala. Aquí surge el problema: tanto los árboles como los cultivos energéticos necesitan tierras agrícolas.
Los campos que hoy producen trigo, maíz o arroz pasarían a albergar bosques o plantas destinadas a generar energía. Menos tierra agrícola equivale a menos alimentos. Al mismo tiempo, los impuestos al CO₂ elevan los costes de los fertilizantes, el combustible, la electricidad y el transporte. Los agricultores pagan más por producir lo mismo, y eso lo notan los consumidores en el supermercado.
Cincuenta y seis millones de personas en riesgo de hambre
Un equipo internacional de investigadores analizó estos efectos utilizando seis modelos agro-económicos globales distintos. Los resultados se publicaron en la revista Nature Food y son contundentes: una política climática estricta alineada con el objetivo de 1,5 grados podría exponer a unos 56 millones de personas adicionales al riesgo de hambre en 2050, lo que representa un aumento de aproximadamente el 17% respecto a un escenario sin nuevas medidas climáticas.
En ese escenario de referencia, la economía mundial sigue creciendo, la agricultura se vuelve más eficiente y el hambre global disminuye: de unos 720 millones de personas hoy a alrededor de 330 millones en 2050. Las medidas climáticas frenan esa mejora, a menos que los países inviertan simultáneamente en agricultura, seguridad alimentaria y protección social.
Una política climática estricta sin una política alimentaria específica puede empujar a millones de personas hacia la desnutrición, advierten los investigadores.
El enemigo silencioso en los campos: el ozono a ras del suelo
Existe otro factor que habitualmente pasa desapercibido. El ozono es conocido como la capa protectora de las capas altas de la atmósfera, pero cerca del suelo se convierte en un destructor silencioso de los cultivos agrícolas. Este gas daña las hojas de las plantas, altera su metabolismo energético y reduce la formación de granos y semillas.
Los cultivos básicos como el trigo, el arroz y el maíz son especialmente sensibles a este fenómeno. Cuanto mayor es la concentración de ozono en el aire que rodea las plantas, menor es el rendimiento por hectárea. El efecto no se aprecia a simple vista, pero a escala global su impacto es enorme.
La relación con la política climática radica en la emisión de gases precursores del ozono, como el metano y los compuestos nitrogenados. Las medidas para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero también suelen disminuir estos precursores. Menos emisiones equivale a menos ozono en las capas bajas de la atmósfera y, por tanto, a plantas más sanas.
Un aire más limpio se traduce en cosechas más abundantes
Los investigadores incorporaron por primera vez en sus modelos el cálculo explícito del efecto que tienen esas menores concentraciones de ozono sobre las cosechas. El resultado es llamativo. Una mejor calidad del aire en los campos agrícolas genera mayores rendimientos, precios de los alimentos más bajos y mayor disponibilidad de comida.
Según las simulaciones, este efecto del ozono marcaría una diferencia considerable en 2050. Aproximadamente 8,4 millones de personas sufrirían menos hambre gracias a los mayores rendimientos que proporciona esa mejora en la calidad del aire. Esto supone una compensación de en torno al 15% del hambre adicional generada por la política climática estricta.
Gracias a un aire más limpio, millones de personas podrían tener suficiente para comer, mientras que sin este efecto, la misma política climática causaría más hambre.
Muchos estudios anteriores sobre la relación entre política climática y seguridad alimentaria ignoraron directamente el factor del ozono. Como consecuencia, probablemente sobreestimaron el impacto negativo sobre el hambre. Este nuevo análisis ofrece una imagen más precisa y demuestra que los buenos planes climáticos deben incluir también la reducción de la contaminación atmosférica.
Los mayores beneficios se concentran en África e India
Las ventajas de reducir el ozono no se distribuyen por igual en el mundo. Dos regiones destacan especialmente: el África subsahariana y la India. Juntas representan más de la mitad de la reducción del hambre atribuible a la mejora de la calidad del aire y al aumento de los rendimientos agrícolas.
En India el efecto es particularmente significativo. Los menores niveles de ozono compensan allí casi el 39% del impacto negativo de las medidas climáticas sobre la seguridad alimentaria. Las cosechas de trigo son las que más se benefician. Un mayor rendimiento reduce los precios, algo que los hogares más pobres notan directamente en su economía doméstica.
En el África subsahariana la ganancia ronda el 8%. Puede parecer modesta, pero sigue representando millones de personas. Las cosechas de cultivos habituales como el maíz y la soja responden menos a las menores concentraciones de ozono en esa región. Otros factores, como la sequía, la pobreza y la inestabilidad política, siguen presionando con fuerza la seguridad alimentaria.
Las medidas climáticas por sí solas no son suficientes
A pesar del efecto positivo del ozono, la mayoría de los modelos indica que la política climática en su forma actual sigue aumentando el hambre. Reducir las emisiones salva vidas a largo plazo gracias a menos olas de calor, inundaciones y cosechas perdidas, pero a corto y medio plazo genera una tensión real con el acceso a alimentos asequibles.
Los investigadores defienden por ello que la seguridad alimentaria debe ocupar un lugar tan central como la reducción de CO₂. No solo medir el éxito en toneladas abstractas de CO₂, sino también evaluar con rigor cuántas personas pueden o no pueden llenar su plato.
- Pregunta clave: ¿cuánta tierra agrícola desaparece para dar paso a la bioenergía y los nuevos bosques?
- Pregunta clave: ¿cuánto subirán los precios de los alimentos por los impuestos al CO₂?
- Pregunta clave: ¿qué agricultores recibirán apoyo para ser más sostenibles sin perder rendimiento?
- Pregunta clave: ¿qué grupos corren mayor riesgo de hambre y desnutrición?
¿Qué decisiones pueden limitar el daño?
El estudio identifica varias palancas sobre las que la política puede actuar para acercar los objetivos climáticos y alimentarios.
| Orientación de la política | Posible efecto sobre la seguridad alimentaria |
|---|---|
| Limitar la bioenergía en tierras agrícolas fértiles | Más espacio para la producción de alimentos, menor presión sobre los precios |
| Reforestar principalmente en tierras degradadas o marginales | Almacenamiento de CO₂ sin pérdida significativa de hectáreas cultivables |
| Invertir en mayor productividad agrícola (variedades mejoradas, riego) | Mayor rendimiento por hectárea y mayor capacidad de absorber subidas de precios |
| Apoyo directo y programas alimentarios en regiones vulnerables | Protección de los hogares más pobres frente al encarecimiento de los alimentos básicos |
| Reducción del desperdicio alimentario en toda la cadena | Más calorías efectivamente disponibles sin necesidad de más tierra agrícola |
La innovación tecnológica también juega un papel relevante. Las variedades resistentes a la sequía, la agricultura de precisión y las mejores técnicas de almacenamiento pueden reducir las pérdidas de cosechas y garantizar que una mayor parte de la producción llegue realmente al plato. Sin embargo, los expertos advierten que no toda solución de alta tecnología llega automáticamente a los pequeños agricultores de los países de renta baja.
Desigualdad, riesgos climáticos y qué significa realmente la seguridad alimentaria
Los modelos de este estudio se centran principalmente en la cantidad de calorías disponibles y en los precios de los alimentos básicos. En la práctica, intervienen muchos más factores. La desigualdad y las decisiones políticas determinan a menudo quién tiene acceso a los alimentos, aunque sobre el papel haya suficientes. En zonas de conflicto, las cosechas a veces fracasan no por el clima, sino por la violencia y los bloqueos.
A eso se suma que el propio clima es cada vez más impredecible. Las lluvias intensas, las sequías prolongadas y el desplazamiento de las estaciones presionan las cosechas incluso sin nuevas políticas. Existe el riesgo de que varios grandes productores de cereales experimenten simultáneamente malas cosechas, como ocurrió recientemente con las olas de calor en Europa y Asia. En esos momentos, cualquier presión adicional sobre los precios provocada por la política climática puede golpear con más fuerza.
El concepto de seguridad alimentaria va más allá de "calorías suficientes". Implica un acceso estable a una alimentación variada y nutritiva, de una manera que las personas consideren digna. Un país puede exportar teóricamente suficiente cereal y al mismo tiempo tener regiones donde los niños están desnutridos, simplemente porque las familias no tienen dinero para comprar comida.
Para los responsables políticos se plantea aquí un difícil enigma: ¿a qué ritmo pueden reducirse las emisiones sin empujar a millones de personas a una situación precaria? ¿Y qué combinaciones de medidas —desde un aire más limpio hasta un uso más inteligente de la tierra y una protección social más sólida— garantizan que la política climática no solo proteja el planeta, sino que también alimente de verdad a más personas?













