El derrumbe de icebergs genera olas tan altas como rascacielos
Nuevas mediciones realizadas con cables de fibra óptica han revelado algo inquietante: enormes olas invisibles en los fiordos empujan agua cálida hacia arriba y derriten la base de los glaciares mucho más deprisa de lo que se creía. Se trata de un mecanismo oculto que está impulsando la subida del nivel del mar.
Cada vez que un fragmento de glaciar se desprende y cae al mar como iceberg, libera una cantidad descomunal de energía. El impacto no solo provoca un espectacular chapoteo en la superficie, sino que pone en movimiento todo el fiordo.
Investigadores de la Universidad de Zúrich, entre otras instituciones, han demostrado que ese derrumbe genera una serie de olas internas, una especie de minimaremotos silenciosos que se desplazan por las profundidades del fiordo. Estas olas pueden alcanzar la altura de un rascacielos y penetrar cientos de metros bajo la superficie.
Lo que hacen esas olas internas es mezclar continuamente capas de agua fría y relativamente cálida. En muchos fiordos de Groenlandia existe, a gran profundidad, agua que ha sido calentada previamente por las corrientes oceánicas. En condiciones normales, esa agua permanece separada del agua de deshielo más fría que flota en la superficie.
Gracias a las olas internas, el agua cálida de las profundidades es empujada repetidamente contra la pared de hielo, justo donde el glaciar se encuentra con el mar.
Como consecuencia, la base del glaciar se erosiona con mayor rapidez. La pared de hielo se vuelve más inestable, se fragmenta con más frecuencia y genera nuevos derrumbes, que a su vez producen más olas. El glaciar, en cierto modo, acelera su propio deterioro.
Un cable de fibra óptica como megasensor en el fondo del mar
Durante mucho tiempo, este proceso pasó completamente desapercibido. Los satélites pueden observar el desprendimiento de icebergs y el retroceso de los glaciares, pero no lo que sucede a decenas o cientos de metros bajo la superficie del agua. Eso está cambiando gracias a una técnica de medición relativamente reciente.
En un fiordo del sur de Groenlandia, los científicos tendieron un cable de fibra óptica de unos diez kilómetros sobre el lecho marino. Mediante una técnica denominada Distributed Acoustic Sensing, ese cable funciona como una larga cadena de sensores extraordinariamente sensibles.
- Cada metro de fibra óptica registra vibraciones y tensiones mínimas en el cable.
- A partir de esos datos es posible deducir los movimientos de las olas en el agua.
- Al mismo tiempo, los investigadores miden diferencias de temperatura sutiles a lo largo de todo el trayecto del cable.
- El resultado es una imagen casi continua de lo que ocurre dentro del fiordo.
Los datos revelan que, tras cada derrumbe, primero aparecen olas visibles en la superficie, que se disipan rápidamente. A continuación llega una larga sucesión de olas internas que rebotan de un lado a otro en las profundidades del fiordo durante horas.
Son precisamente esas olas internas prolongadas las que mezclan con fuerza las masas de agua y mantienen el fiordo relativamente cálido, alimentando el proceso de deshielo de forma continua.
Acelerador del deshielo: hasta un metro de hielo al día bajo el agua
Los investigadores calcularon que las olas internas pueden derretir aproximadamente un centímetro de hielo en la base del glaciar por cada ciclo. Parece poco, hasta que se tiene en cuenta la frecuencia con que esto ocurre.
En un fiordo activo, los glaciares desprenden fragmentos de forma constante. Si se suman todas esas olas, el deshielo submarino local puede alcanzar cerca de un metro de hielo al día, una velocidad comparable a la que el propio glaciar avanza hacia el mar.
El estudio demuestra que los modelos anteriores subestimaban enormemente el deshielo submarino, en algunos casos por un factor de cien. Esos modelos consideraban principalmente la temperatura media del agua y las corrientes, pero ignoraban la energía de las olas internas que empujan repetidamente agua cálida contra el hielo.
Un ejemplo concreto es el glaciar Eqalorutsit Kangilliit Sermiat, en el sur de Groenlandia. Se estima que este glaciar vierte al océano unos 3,6 kilómetros cúbicos de hielo al año, casi tres veces el volumen del glaciar suizo del Ródano. Todo ese hielo que cae sigue ejerciendo su influencia mucho después del desprendimiento, a través de las olas que se propagan por las profundidades del fiordo.
Un ciclo que se retroalimenta y acelera la pérdida de hielo
Este nuevo conocimiento ofrece una imagen mucho más compleja del deshielo glaciar que la simple idea de que "el aire cálido funde el hielo". El casquete glaciar de Groenlandia responde al calentamiento climático de múltiples maneras simultáneas.
En la superficie, las temperaturas atmosféricas más elevadas provocan el deshielo y el escurrimiento de agua. En los márgenes del casquete, donde los glaciares desembocan en el mar, tiene lugar al mismo tiempo otro proceso: los derrumbes ponen en movimiento el agua oceánica, que a su vez transporta calor adicional hacia el hielo.
Así se forma un ciclo que se retroalimenta:
- El aumento de temperaturas debilita los frentes glaciares.
- Los glaciares desprenden fragmentos con mayor frecuencia y en porciones más grandes.
- Esos derrumbes generan potentes olas internas.
- Las olas llevan agua cálida de las profundidades hasta la pared de hielo.
- La base del glaciar se derrite más rápido, lo que provoca nuevos desprendimientos.
El glaciar acelera así su propio retroceso sin que ello sea visible directamente desde la superficie. Las grandes conclusiones sobre el cambio climático siguen siendo válidas —el planeta se calienta—, pero la forma en que ese calentamiento afecta a las masas de hielo resulta ser más irregular y dinámica de lo que los modelos habían supuesto durante mucho tiempo.
Consecuencias globales: nivel del mar y alteración de las corrientes oceánicas
La relevancia de este proceso se entiende mejor al considerar la escala de Groenlandia. El casquete glaciar contiene suficiente agua como para elevar el nivel del mar en todo el mundo aproximadamente siete metros si se derritiera por completo. Aunque estamos lejos de ese escenario, la contribución de Groenlandia al actual aumento del nivel del mar lleva años creciendo.
Si el deshielo submarino resulta ser mucho mayor de lo esperado, significa que los glaciares groenlandeses podrían estar trasladando hielo continental al océano más rápidamente de lo que contemplan muchos escenarios climáticos actuales. Eso tiene consecuencias directas para las zonas costeras bajas, desde los Países Bajos hasta los deltas de Asia y los estados insulares del Pacífico.
Además, toda esa agua de deshielo modifica la composición y la temperatura del agua marina en la parte norte del Atlántico. Esto afecta a grandes sistemas de circulación como la circulación meridional de retorno del Atlántico, de la que forma parte la Corriente del Golfo.
Los cambios en las corrientes próximas a Groenlandia influyen, a largo plazo, en la probabilidad de veranos lluviosos, inviernos suaves o períodos más fríos en Europa.
¿Qué son exactamente las olas internas?
Las olas internas se forman en la frontera entre capas de agua con diferente densidad, determinada por la temperatura o la salinidad. Mientras que las olas superficiales son fácilmente visibles cuando rompen, las olas internas se desplazan como crestas invisibles a través de las profundidades.
En los fiordos de Groenlandia, la capa superior suele ser más fría y menos salada debido al agua de deshielo, mientras que en las profundidades entra agua marina más cálida y salada. El hundimiento de un iceberg desequilibra esas capas y las pone en movimiento. La zona de transición entre ambas masas de agua comienza a oscilar, y esas oscilaciones pueden alcanzar alturas de decenas a cientos de metros.
Para cualquier observador en la superficie, el agua puede parecer relativamente tranquila, mientras que a gran profundidad tiene lugar una dinámica formidable. Y es precisamente ahí donde los glaciares entran en contacto con el agua y se produce el deshielo adicional.
¿Qué implica esto para la investigación futura y las políticas climáticas?
El uso de cables de fibra óptica como instrumentos de medición abre la posibilidad de cartografiar este tipo de procesos en muchos más lugares, como otros glaciares de Groenlandia o fiordos de Alaska y la Antártida.
Para los escenarios climáticos y la protección costera, esto proporciona información más precisa sobre la velocidad a la que los grandes casquetes glaciares pierden masa. En lugar de basarse únicamente en temperaturas medias del agua, los modelos deberán incorporar la energía de las olas internas y otras dinámicas locales.
En materia de política de diques, ordenación costera del territorio y acuerdos climáticos internacionales, esto significa que el margen de posible subida del nivel del mar podría diferir de las estimaciones más antiguas. Las decisiones a largo plazo —como dónde construir nuevos barrios residenciales o qué altura tendrán los diques del futuro— dependen en gran medida de la velocidad a la que Groenlandia y la Antártida respondan al calentamiento global.
Quien contempla la imagen de una pared de hielo derrumbándose suele ver únicamente el espectacular instante en que el hielo golpea el agua. Los investigadores demuestran ahora que tras ese momento viene una secuela silenciosa: enormes olas internas que se propagan invisibles. Y son precisamente esos movimientos ocultos los que determinan cuánto hielo desaparece bajo el agua y a qué ritmo continuará subiendo el nivel del mar en las próximas décadas.













