Lo que los abuelos sí hacían bien
Cada vez más docentes se quejan de lo mismo: los niños de hoy parecen pensar únicamente en sí mismos. Una psicóloga francesa sostiene que el estilo de crianza de generaciones anteriores era, sorprendentemente, muy saludable.
No aboga por castigos severos ni por una autoridad anticuada. Lo que defiende es un principio básico que hemos olvidado: primero piensa en el conjunto, luego en ti mismo. Según ella, precisamente eso hace a los niños más fuertes mentalmente, más sociables y menos caprichosos.
La crianza de generaciones pasadas suena a menudo a algo estricto, distante y con poco espacio para las emociones. Sin embargo, la psicóloga Clémence Prompsy señala que bajo ese enfoque existían pilares muy poderosos de los que los padres actuales pueden aprender mucho.
En la época de nuestros abuelos, la familia, la clase o el barrio pesaban más que el individuo. Eso ofrecía estabilidad, claridad y respeto mutuo.
Prompsy identifica una serie de valores que entonces eran casi naturales e incuestionables:
- Llegar a tiempo y cumplir los compromisos
- Dejar hablar al interlocutor sin interrumpirle
- Tomar en serio la edad y la experiencia ajena
- Respetar al maestro, aunque no resultara simpático
Esas normas no giraban tanto en torno al poder como al hecho de mantener el conjunto —familia, escuela, calle— como un espacio habitable. Los niños aprendían que su comportamiento tenía consecuencias para los demás, no solo para ellos mismos.
Cómo el individualismo está transformando a los niños
Donde antes el grupo ocupaba el centro, ahora el individuo ha tomado protagonismo. El desarrollo personal, la opinión propia, "ser tú mismo"… suena positivo, pero tiene una cara menos amable.
Investigaciones realizadas en Francia muestran que una gran mayoría de la población considera que la sociedad se está replegando sobre sí misma. Menos comunidad, más cada uno por su cuenta. La pandemia aceleró este proceso: el teletrabajo, el distanciamiento social y los círculos sociales más reducidos dejaron huella profunda.
En las aulas, los docentes ven las consecuencias cada día:
- Los niños aceptan con más dificultad las normas que no les parecen "justas" para ellos
- Surgen conflictos con mayor rapidez por cosas pequeñas: el turno, la atención o las reglas de un juego
- Hay más insultos y menos disposición a reconocer los propios errores
Prompsy explica que esta obsesión con el yo eleva la presión psicológica. Los niños se comparan constantemente con los demás: ¿quién es mejor, quién recibe más, quién recibe más elogios? Eso alimenta el estrés y la inseguridad en lugar de fomentar la conexión con los otros.
Por qué lo colectivo da tranquilidad a los niños
La psicóloga no pide volver a una obediencia rígida, sino recuperar el valor de lo colectivo. Según ella, los niños necesitan tres cosas que surgen principalmente en los grupos:
| Lo que ofrece el grupo | Efecto en los niños |
|---|---|
| Sentido de pertenencia | Menos soledad, mayor autoestima |
| Marco claro y normas compartidas | Menos discusiones, más previsibilidad |
| Espacio para adaptarse a los demás | Mejores habilidades sociales y más empatía |
Quien aprende a pensar desde el "nosotros" en lugar del "yo" se obsesiona menos con sus propias carencias o derechos.
Los niños que se acostumbran a las normas del grupo —desde el equipo deportivo hasta la familia— sienten antes el orgullo de lo que logran juntos. Eso resulta liberador: no todo depende de su éxito personal, sino de lo que el grupo consigue como unidad.
Estricto frente a claro: una diferencia que los niños perciben
El gran riesgo al recuperar los valores de los abuelos es caer en el exceso de severidad. Los niños necesitan límites, pero también calidez y explicaciones. Prompsy y otros expertos en crianza lo plantean así:
Lo que los padres sí pueden recuperar del pasado
- Normas consistentes: lo que valía ayer, vale hoy también. Eso genera seguridad.
- Respeto en dos direcciones: los niños aprenden a respetar a los mayores, y los padres muestran respeto por el niño como persona.
- Rutinas claras: horarios fijos para comer, dormir y usar pantallas reducen los conflictos.
- Responsabilidad: las tareas del hogar demuestran que todos contribuyen al bienestar común.
Lo que es mejor dejar atrás
- Castigar sin dar explicaciones ni abrir un diálogo
- Ignorar las emociones con un "no te quejes"
- Una jerarquía inamovible en la que los niños nunca pueden hacer preguntas
El arte está en ser firme sin volverse frío. Un niño puede protestar ante una norma, pero la norma se mantiene. Frases como "entiendo que te parece injusto tener que apagar la pantalla ahora, y aun así se apaga, porque habíamos acordado que…" ofrecen a la vez reconocimiento y claridad.
Cómo recuperar el pensamiento colectivo en familia
Los padres no necesitan transformar toda su crianza de golpe. Pequeños pasos reconocibles marcan ya una diferencia notable:
- Usa el "nosotros": di "en casa recogemos juntos después de comer" en lugar de "tú tienes que quitar la mesa".
- Crea rituales compartidos: un juego de mesa fijo después del colegio, cocinar juntos los viernes, una reunión familiar los domingos.
- Fomenta que los hijos se ayuden entre sí: el hermano mayor ayuda con los deberes, la hermana menor pone la mesa con otro miembro de la familia.
- Elogia el comportamiento grupal: reconoce cuando alguien coopera, espera su turno o echa una mano a otro.
Los niños aprenden no solo de lo que decimos, sino sobre todo de cómo nos relacionamos con los demás en el día a día.
Los clubs deportivos juegan aquí un papel fundamental. Deportes de equipo como el rugby, el fútbol o el hockey exigen por su propia naturaleza coordinación, generosidad y apoyo mutuo. Un niño que debe pasar el balón para marcar experimenta de forma directa lo que significa trabajar en equipo.
El poder silencioso de los abuelos en las familias de hoy
Los abuelos siguen desempeñando un papel muy importante, aunque en segundo plano. Aportan calma, rutina y, con frecuencia, una paciencia especial. Sin embargo, las tensiones aparecen rápido cuando su estilo de crianza choca con el de los padres.
Los expertos en educación recomiendan por eso acuerdos claros, por ejemplo a través de la llamada "regla de las 3C": claro, consistente y con compasión. Abuelos y padres acuerdan qué normas se aplican en todos los contextos, dónde hay margen para la diferencia y cómo se comunican ante las dudas. Así se evita que los niños enfrenten a unos adultos contra otros.
En qué son más fuertes los padres de hoy
La comparación con el pasado no tiene por qué convertirse en un concurso nostálgico. Las generaciones actuales también hacen muchas cosas mejor, señalan los psicólogos:
- Mayor atención a las emociones y a la salud mental
- Apertura ante temas difíciles, desde el divorcio hasta el duelo
- Menos vergüenza a la hora de pedir ayuda, como terapia o cursos de crianza
La combinación más saludable parece surgir cuando los padres toman lo mejor de ambos mundos: la estructura y el enfoque colectivo de antes, combinados con la calidez y la igualdad de ahora.
Ejemplos prácticos para casa y para el colegio
En el hogar puede traducirse así: una agenda familiar visible en un lugar común, momentos fijos para las tareas domésticas e implicar a los niños en decisiones que afectan a todos, como las normas de pantallas o los planes del fin de semana. No todo es negociable, pero sí tienen voz.
En los colegios, introducir normas de clase elaboradas conjuntamente por los propios alumnos suele funcionar muy bien. Quien participa en la creación de las reglas, tiende a respetarlas más. Los docentes que premian la cooperación en lugar de únicamente el rendimiento individual comprueban que el ambiente mejora y los conflictos disminuyen.
Para los padres que luchan con niños "testarudos" o muy exigentes, ayuda ver el comportamiento menos como un rasgo de carácter y más como una respuesta al entorno. Un niño que funciona con más frecuencia dentro de un grupo claro y respetuoso va creciendo, paso a paso, hacia un menor protagonismo del yo y un mayor sentido del nosotros.
Quien interioriza ese principio lo reconoce en múltiples situaciones: en la mesa de la cocina, en el equipo deportivo, en el aula y más adelante en el trabajo. Los niños que lo practican ahora demuestran, de adultos, ser con frecuencia más sociables, más resilientes y mejores colaboradores — exactamente lo que nuestra sociedad más necesita.












